José María Zavala | Miércoles 01 de julio de 2009
Las últimas elecciones al Parlamento Europeo han arrojado una serie de curiosos y discretos cambios. No me interesan en absoluto los grandes partidos, cuya atención inunda los medios, sino las humildes y a veces algo extravagantes agrupaciones que no logran representación parlamentaria.
En la última contienda electoral han concurrido un total de 35 partidos por parte española. La desaparición o mutación de algunos de los que se presentaron hace cinco años se ha compensado con la aparición de 19 siglas que no figuraron entonces. El Partido del Cannabis, por ejemplo, renunció a repetir este año, a pesar de haber logrado en 2004 un octavo puesto con más de 50.000 electores.
Lo que primero me llama la atención es que, entre los partidos “menores” que volvieron a presentarse este año, sólo el CDS ha reducido su número de fieles. Todos los demás han logrado diversos aumentos, y entre los nuevos, es necesario destacar los relativos éxitos del PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal) e Izquierda Anticapitalista.
En comparación con la mayoría de los países europeos, el voto español está altamente concentrado en dos grandes partidos. La historia nos ha contado ya lo que puede pasar si la diversidad política se manifiesta “excesivamente” en los parlamentos, de tal forma que aceptamos el bipartidismo como un mal necesario. En España, de hecho, parece tomarse muy en serio, si observamos que alrededor del 80% del escrutinio acaba en manos de dos opciones políticas.
Pero lo que me ha resultado especialmente destacable es el resultado obtenido por los partidos que se mueven en cierto espectro político reconocible pero difícil de definir, ubicado entre la extrema derecha y la derecha popular (incluyendo a los nacional-conservadores). En ellos se exhibe de forma abierta un discurso que aboga por un fundamentalismo nacionalista, religioso, identitario. Son posiciones ultras que se articulan en torno a ejes como la raza, la nación, la familia tradicional, las raíces cristianas y por ello basan gran parte de sus críticas en la cuestión de la inmigración. Más del 17% de los partidos que solicitaron el voto para el 7 de junio obedecían en mayor o menor medida (y con mayor o menor agresividad) a estas características. En cuanto a la respuesta de los electores, señalar que el número de votos dirigidos a este ala política se ha quintuplicado en España. La mitad ya supera el umbral de los 10.000 y la otra se mueve entre los 5.000 y los 10.000.
Paradójicamente, la participación tan baja (46%) dice poco y a la vez mucho sobre este hecho. Por un lado, nos impide ver un panorama claro extrapolable a las inclinaciones políticas del país. Por otro, hay que tener en cuenta que este espectro político recoge la simpatía de muchos enemigos de las formas democráticas (de hecho, son formaciones bastante críticas con el funcionamiento de las instituciones políticas convencionales), y por tanto, de los valores que en principio se asocian a éstas: diálogo, pluralidad, etc. Es por ello que unos resultados electorales podrían ser un indicador poco fiable para medir el impacto de tales discursos en la sociedad.
A modo de falso consuelo se puede decir que, en comparación con lo acontecido en otros países europeos, España es un nido de moderados. Entre todas las formaciones ultras no alcanzan ni al último de los partidos con escaño, por lo que no parece que a corto plazo vayamos a enviar a Bruselas y Estrasburgo ningún parlamentario de ideologías extremas, como ya han hecho Holanda, Polonia, Austria, Reino Unido, Italia, Francia, Letonia, Rumanía, Bulgaria, Hungría, etc.
Es importante tener en cuenta que, aunque estas motivaciones no se traduzcan en agrupaciones políticas fuertes, no dejan de ser posturas que pueden verse en el día a día, en las ramificaciones últimas del poder, en la convivencia, en las percepciones, en la educación. Los comentarios aparentemente inocentes, los adjetivos inadecuados, los prejuicios que creemos insuperables, la cerrazón, la falta de imaginación son prácticas más peligrosas que el hecho de que algunos extremistas vayan a intentar impedir la promulgación de leyes. La política también se hace desde abajo.
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