Opinión

¿Tragabolas, tortuga o iglú?

Alicia Huerta | Miércoles 01 de julio de 2009
Con esa chulapona manía tan sana de bautizar los lugares públicos que tiene el pueblo de la capital, no era raro que desde que se descubrió la sorpresa acristalada, celosamente custodiada por altas vallas de obra en pleno centro de Madrid, empezaran a surgir cariñosos apelativos para el acceso del nuevo intercambiador de la Puerta del Sol. Menos mal que todos han ido naciendo en torno únicamente al aspecto exterior del mismo, porque si la gente se hubiera movido por los avatares y la duración de la obra a la hora de buscar el mote más apropiado, seguro que el resultado no habría sido tan afectuoso. Pero es que si hay algo que nos caracteriza a los seres humanos, eso es la innata y bendita facilidad que tenemos para olvidarnos de lo malo como si nunca hubiera ocurrido.

Por eso, con el descubrimiento de la modernista cúpula que acaba de emerger en el kilómetro 0 y que recuerda sin llegar a odiosas comparaciones, aunque en realidad todas lo sean, a la pirámide parisina del Louvre, los ciudadanos que han soportado seis largos años de ruidos, calles intransitables, polvo y cortes de tráfico, han dejado atrás el cabreo por tanta molestia y polémica para acudir orgullosos a cotillear lo que es, sin duda, una magnífica obra: la caverna de andenes más grande del mundo con 40 metros de profundidad repartidos en seis niveles. Pero antes de que los ansiosos madrileños y turistas pudieran dejarse engullir por el tragabolas no podía faltar una inauguración institucional como Dios manda, es decir, con los políticos inspeccionando la obra terminada y a punto de ponerse en marcha, sus discursos bien aprendidos y las fotos que no pueden faltar en este tipo de actos. Grata y extraña imagen la del presidente del Gobierno, el ministro de Fomento, la presidenta de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital juntos, alabando la colaboración entre las distintas administraciones por encima de los avatares políticos. ¿Echó alguien de menos a Maleni? Seguramente, no. Porque lo cierto es que la construcción del nuevo intercambiador de la Puerta del Sol, cruce de caminos y antiguo mercado, fue durante años una especie de símbolo de la lucha entre la administración central socialista y la autonómica del PP. Sólo faltó que Aguirre y Álvarez se tiraran de los pelos.

Hasta que llegó él. ¿Se acuerdan de lo malo malísimo que parecía José Blanco antes de ser nombrado ministro de Fomento? Daba miedo cuando aparecía ante los micrófonos, listo para soltar por esa boquita. Pero fue aterrizar en el ministerio más polémico de la época y volverse todo sonrisas. Y encima, con Esperanza. Casi más difícil que ver a Patxi López como nuevo Lehendakari con el apoyo de Basagoiti, me parecía a mí lo de Blanco y Aguirre durante la primera rueda de prensa que ofrecieron juntos. Piropos aparte, hasta se ponían ojitos mientras anunciaban el inicio de una nueva era, la de la colaboración entre las administraciones central y autonómica en un asunto tan delicado como el de las inversiones en obras públicas. Veremos cuanto dura, aunque está claro que cuando hay voluntad real, fuera de demagogias partidistas, los políticos de distintas ideologías pueden trabajar juntos y con ello ganamos todos.

Y los que hayan empezado a echar en falta el desastre de pavimentos levantados, aceras ocupadas por maquinaria ruidosa y zanjas de varios metros que hasta el pasado fin de semana había en Sol, que no se preocupen. Sólo le faltaba a nuestro querido alcalde olímpico un Plan E para que se lanzara feliz a una nueva búsqueda del tesoro. Ya saben que no hubo suerte en la Calle 30 ni en las riberas del Manzanares, que, por cierto, se han quedado abandonadas después de que nos vendieran a todos las bondades del nuevo paseo a orillas del río. A ver si ahora, poniendo a Colón en el lugar donde hasta ahora estaban las fuentes, excavando Serrano hasta sus raíces y levantando el Paseo del Prado, conseguimos entre todos encontrarlo.

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