Opinión

La pasión del desánimo

Mayte Ortega Gallego | Jueves 02 de julio de 2009
Me atrevo a tomar prestado el título de un libro del profesor Jorge Urrutia para hablar sobre el sentimiento que cunde a mi alrededor. El sentimiento de los que están luchando por mantener su empresa a flote, por no rendirse, por no perder lo conseguido hasta ahora. No conviene hablarles de “brotes verdes”. No conviene. El único brote verde que se les antoja pertinente es el de los extintos billetes de 1000 pesetas. Tan inexistentes unos como otros.

Estos señores quieren seguir adelante, su actitud comporta pasión, pero y como citaba en un artículo anterior no hay incentivos para hacerlo, “no hay movimiento” (no se mueve nada es la frase que se oye constantemente). Cunde el desánimo. Aún así no cesarán de oír la importancia de la iniciativa individual, del fomento de actitudes emprendedoras. No sólo hay que ser emprendedor sino parecerlo. Con todo, la actitud emprendedora no tiene por qué llevar aparejada un idiota. Y cuando las circunstancias que nos rodean son tan adversas como sucede ahora mismo, conseguimos trocar la pasión en desánimo. Al cerrar cada una de estas pequeñas empresas se está cerrando un fragmento de vidas cruzadas. El tejido empresarial de este país lo conforman pequeñas y medianas empresas, son pocas las Martinsa, ACS o Repsol. Y cuando en ocasiones he oído hablar de los empresarios como si de monstruos se tratase, como de Duques de Alba en Flandes, que vienen a comerse a los asalariados sin remisión, me cabreo. La gente que arriesga su patrimonio personal para poner en marcha una idea no gusta y si encima le va bien, pues nos gusta menos. Refrendemos solitos el mal de España sobre la envidia.

Las motivaciones para crear una empresa pueden ser variadas pero todas remiten a un objetivo teñido de cierta pasión. No todos sentimos ese impulso pero es necesario que algunos lo sientan para avanzar. Podemos hacer el esfuerzo de afrontar el futuro con optimismo y no dejarnos absorber por la melancolía y las deudas. A los que tienen una responsabilidad directa, no de iure, sino de facto, les insto a que como en el poema de Machado no permitan que a los emprendedores les arranquen la espina de esa pasión.

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