Opinión

Cataluña o cómo estropear una buena ley de educación

Viernes 03 de julio de 2009
La aprobación de la Ley de Educación de Cataluña (LEC) por parte del Parlamento regional, no sólo permite trazar un nuevo modelo de educación catalana, que blinda la inmersión lingüística; también le otorga mayor independencia a los centros educativos y permite la ampliación de los conciertos en el sector privado, así como prevé dedicar a la educación el 6 por ciento del PIB en un plazo de ocho años, lo que supondría la potenciación del sistema escolar catalán. Por consiguiente, y si se cumplen las expectativas, ayudaría a impulsar los niveles de competitividad en materia de educación en esta Comunidad Autonómica, debido a que se establece un plan educativo ambicioso, a largo plazo y acorde con sus necesidades y ambiciones. Hasta ahí, no hay sino que felicitarse por esta iniciativa de la Comunidad Catalana: todos los ciudadanos españoles ganamos con ello, no sólo los ciudadanos que viven en Cataluña.

Sin embargo, la ley, que cuenta con el beneplácito del Gobierno español, presenta algunos interrogantes mucho más cuestionables, que posiblemente se desvelaran a medida que se vaya aplicando la misma. Entre ellos, el que más atención y reservas despierta, es la eliminación de la tercera hora de lengua castellana.

Es cierto que la LEC contempla el estudio del catalán, el castellano e idiomas extranjeros, como el inglés, en los colegios catalanes. La idea de potenciar el catalán es de celebrar pero no a costa de reducir el castellano. En este sentido, el blindaje lingüístico que quiere conseguir esta ley, puede causar un impacto de cara al futuro académico, laboral y profesional de los alumnos catalanes, ya que tiende a marginar en un segundo lugar el estudio de la lengua castellana. El problema no lo tiene la lengua de Cervantes que se defiende sobradamente de las agresiones identitarias de la patología nacionalista. Porque el español, como se conoce a nuestro idioma fuera de España, es un idioma en expansión hablado por 450 millones de habitantes en más de una veintena de países en el continente americano y es la segunda lengua más utilizada en los Estados Unidos. Por eso, el problema de conocer mal nuestro idioma lo tendrán los niños catalanes que verán su competitividad menguada en un mercado de trabajo nacional y universal. Y no menos importante es atentar, en la práctica, contra el derecho a elegir el idioma en el que los ciudadanos desean sean escolarizados sus hijos.

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