Luis de la Corte Ibáñez | Martes 07 de julio de 2009
Sucesos como la dimisión de un director del Centro Nacional de Inteligencia suelen alimentar rumores y viejas leyendas sobre las perversiones y riesgos que entraña la existencia de este u otros organismos semejantes. Por simple cortesía advierto al lector que no encontrará en este artículo contenidos truculentos o escandalosos como los vertidos en la prensa de las últimas semanas en torno al CNI. La razón de estas líneas tiene menos que ver con la justa perplejidad suscitada por las irregularidades presuntamente cometidas por Alberto Saiz que con el interés por recordar la auténtica naturaleza de nuestros servicios de inteligencia y los indispensables auxilios que estos prestan al país.
Un centro de inteligencia, el CNI o cualquier otro, constituyen algo muy distinto y mucho más complejo que una cueva de espías, caricatura ésta recurrentemente actualizada por algunos medios de comunicación cada vez que intuyen una oportunidad de vender noticias sobre torpes emuladores de James Bond. Un primer paso para despejar esa imagen falaz -por simplista- consiste en emplear los conceptos adecuados. Como mínimo conviene tener en cuenta los dos siguientes, cuya definición tomo prestada de un excelente glosario editado por el Ministerio de Defensa (Glosario de Inteligencia, 2007; coordinado por el profesor de la Universidad de Zaragoza Miguel Ángel Esteban):
Inteligencia: “producto que resulta de la evaluación, la integración, el análisis y la interpretación de la información reunida por un servicio de inteligencia… es un error emplear espionaje como sustituto de inteligencia, ya que éste es únicamente un instrumento para obtener información por medios clandestinos”.
Servicio de Inteligencia: “organismo del Estado que tiene como misión obtener, analizar e interpretar información, no alcanzable por otros organismos, sobre los riesgos y amenazas a la seguridad y las diversas oportunidades de actuación existentes en este ámbito, para producir conocimiento (inteligencia) que suministra al gobierno, con el fin de permitir la toma de decisiones y hacer posible la prevención y la desactivación de los primeros (riesgos y amenazas) y el aprovechamiento de las segundas (oportunidades de actuación)”.
La importancia de que los Estados dispongan de organismos que produzcan inteligencia en el sentido previamente definido (servicios de inteligencia) viene dada por las propias y cambiantes circunstancias en la que los Estados operan. El mundo no es una entidad fija e inmutable sino una realidad dinámica sometida a transformaciones constantes que los Estados necesitan anticipar si pretenden dar cumplimiento a sus obligaciones primordiales, a saber: proteger a sus ciudadanos y favorecer el desarrollo de las sociedades a las que representan evitando su regresión a coyunturas marcadas por la inseguridad, la inestabilidad política, la anarquía o la ruina. En última instancia, todas las instituciones del Estado han sido diseñadas en atención a esas obligaciones. Asimismo, las tendencias que van alterando la realidad no son totalmente transparentes. El mundo tiene secretos y alberga misterios que el hombre quisiera conocer. Muchos de ellos constituyen el objeto de la indagación y la divulgación científica pero otros, los que conspiran contra la seguridad de los Estados y de sus ciudadanos, demandan una precisa clase de conocimientos cuya utilidad podría desvanecerse o volverse negativa (contraria al interés general) de no ser tratados con una discreción y rigor superlativos. Estos principios, y no ningún oscuro o intolerante afán de control o manipulación al ciudadano corriente, son los que legitiman la existencia de los servicios de inteligencia en cualquier país democrático, incluido nuestro CNI. Por supuesto, tal legitimidad no absuelve a ningún servicio de inteligencia y a sus miembros de las faltas que pudieran cometer. Una vez contrastadas, esas faltas (incluida cualquier hecho de corrupción y cualquier filtración de información clasificada) deberán recibir las sanciones pertinentes. Pero, aún así, ningún error o mal uso particular de un organismo estatal destinado a salvaguardar la seguridad nacional y ciudadana anulará la necesidad de dicho organismo y la obligación de perfeccionar su funcionamiento. Discutir cómo lograrlo y con qué objetivos daría al menos para uno o varios artículos más. En todo caso, y por el bien de todos, esperemos que el nuevo director de Centro Nacional de Inteligencia, general Sanz Roldán, contribuya a esa labor de perfeccionamiento, por otro lado inacabable. Desde luego, parte de mejores condiciones e infinita mejor preparación que la de su antecesor.
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