Opinión

China e Internet

Eugenio Bregolat | Jueves 09 de julio de 2009
China es ya el país con mayor número de internautas: más de 300 millones. A ellos se suman más de 600 millones de teléfonos móviles. Frecuentes ejemplos evidencian su impacto sobre la sociedad, la mentalidad y la cultura política. En los disturbios que se están desarrollando en Xinjiang estos días han jugado un papel importante los mensajes, informaciones y fotografías difundidas por la red. Los esfuerzos del gobierno por bloquearla han tenido un efecto limitado. También estos días las autoridades chinas se han visto obligadas a aplazar la medida que imponía la incorporación de un filtro a todos los ordenadores personales que se vendieran, ante la oposición de la ciudadanía, que rechaza restricciones a su libertad de información, y de otros países, que la vieron como una forma de proteccionismo. Cuando se produjo el terremoto de Sichuan, el pasado año, a la media hora comparecía el primer ministro en televisión y a las tres horas estaba ya sobre el terreno. Del anterior gran terremoto, en 1966, en vísperas de la muerte de Mao, sólo se enteraron la gran mayoría de los chinos varios años después. Hoy día este tipo de ocultación, con los móviles e internet, es, obviamente, imposible. Cada vez son más frecuentes los casos de movilización ciudadana vía internet contra abusos o injusticias, así como las actuaciones de las autoridades en respuesta a los mismos.

Internet refleja un dilema central con el que se enfrenta el poder en China. Al PCCh le gustaría contar con las ventajas de la red, es decir, un país del siglo XXI, sin pagar precio político alguno, en términos de una ciudadanía más informada y despierta. Al efecto dispone, como es sabido, de varias docenas de miles de censores. Su eficacia, sin embargo, aunque indudable, es limitada. Un internauta con cierta habilidad tiene muchas formas de darle la vuelta a la censura. Querer controlar internet es ponerle puertas al campo. Las alternativas reales que se plantean al PCCh son: una, aceptar internet, con lo que China podrá tener una economía moderna, pagando el precio de un menor control político sobre los ciudadanos; dos, para no pagar este precio político, prescindir de internet (como Corea del Norte, o Cuba), con lo que China seguiría siendo un país del siglo XIX. Así las cosas, las autoridades chinas lo tienen claro: venga internet y un país moderno, e intentar reducir el precio político hasta donde se pueda.

Este mismo dilema lo plantean otros muchos capítulos de desarrollo económico chino. Por ejemplo, los estudiantes en el extranjero. Son más de medio millón y varios centenares de miles han regresado ya. El ideal para el poder sería conseguir buenos técnicos sin que adquirieran valores, políticos o de otro tipo, no deseados. Pero, si esto es imposible y las alternativas reales son: buenos técnicos, en parte occidentalizados, o para evitar esto último renunciar aquellos, la decisión es la misma: vuelvan los buenos técnicos aunque traigan ideas indeseables. El dilema puede extenderse al paradigma estratégico de la China de Deng Xiaoping: desarrollo económico sin cambio político. Si resulta que esto es imposible y las alternativas reales son: desarrollo económico con cambio político (exigido por una ciudadanía que querrá participar cada vez más en el proceso político), o para evitar éste prescindir de aquél, la elección es clara: el PCCh quiere un país rico, fuerte y al que nadie pueda volver a humillar. Y los deseos de mayor participación política de una ciudadanía cada vez más rica, educada, informada, plural y libre ya serán acomodados de una u otra forma.

La China actual, camino de convertirse en una gran potencia económica y geoestratégica, se asienta sobre una gran paradoja: el desarrollo económico refuerza el poder del PCCh, al darle una nueva legitimidad, y, al mismo tiempo, socava ese poder de mil maneras. Los dirigentes chinos son muy conscientes de ello y, detrás de la cortina, tiene lugar un vivo debate sobre cómo y cuándo ir adecuando el sistema político a las nuevas realidades económicas, sociales y mentales.

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