Cultura

Risas y aplausos para despedir la 12ª temporada del Teatro Real

"Las bodas de Fígaro"

Domingo 12 de julio de 2009
En el estreno anoche de Las Bodas de Fígaro, última cita operística de la temporada madrileña, los más premiados con los generosos aplausos del público fueron los responsables de su puesta en escena. Su director, Emilio Sagi, había creado una rica escena teatral que recreaba, de la forma más fiel, las divertidas andanzas de los personajes de la ópera más bufa de Mozart, basada en el libreto de Lorenzo da Ponte, ayudado de una fantástica escenografía a cargo de Daniel Bianco, un elegante vestuario diseñado por Renata Schussheim y la efectiva iluminación de Eduardo Bravo. Y como no es lo habitual que el público se muestre tan entusiasta a la hora de valorar la escena, se podría pensar que el unánime aplauso del estreno frente a una escenografía de marcado carácter español que sus propios creadores han calificado de hiperrealista, en la que no faltaron castañuelas, típicos mosaicos e incluso un agradable frescor de aroma a azahar que llega literalmente hasta el público, contiene un importante mensaje para futuras temporadas y sus nuevos responsables.

Porque lo que pareció querer dejar claro el público madrileño es que, lejos de extravagancias que jueguen sin sentido a mudar el tiempo y el lugar originales en los que un compositor situó la acción de sus óperas, se agradece poder asistir, de vez en cuando, al espectáculo tal y como en su momento fue concebido por el arte de su creador, sin que por ello se caiga en lo antiguo o pasado de moda. Y en Las Bodas de Fígaro, la Sevilla del siglo XVIII era un personaje más. El lugar idóneo en aquella época para situar una verdadera comedia de enredo entre nobles y plebeyos, en un momento en el que las prerrogativas de la nobleza empezaban a dejar paso a la Ilustración. Y no cabe duda de que para Beaumarchais el ambiente de la lejana Sevilla, el fandango y las noches perfumadas de jazmines, madreselvas y azahar, resultaban de lo más exótico y sumamente erótico, además. En definitiva, los elementos ideales para que su obra de crítica social y política, objeto de la censura de entonces, contara con el telón de fondo más adecuado. Y lo que la recién estrenada coproducción del Real junto con la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera y con el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria hace, precisamente, es trasladar al espectador a aquella época en la que, sin embargo, se vivían de igual forma las complicadas relaciones entre hombres y mujeres. Todo ello poniendo mucho cuidado en potenciar la clave de humor que inunda la obra.

La escena aparece detrás del telón en un juego de transparencias que demuestran cuanto pueden llegar a engañar las apariencias. Ya desde la primera escena, la sobria habitación del futuro matrimonio de Fígaro y Susanna, con una ventana abierta al clásico patio andaluz repleto de flores y de luz, da una idea de que nada de la “loca jornada” en la que transcurre la hilarante acción va a quedar fuera de sitio. Que no harán falta explicaciones, más o menos intelectuales o interpretativas, para comprender lo que el gran compositor austriaco quiso plasmar en su obra para claro divertimento de su público. Todo encaja a la perfección. Las bromas, los enredos, los engaños de los curiosos y perfilados personajes se deslizan con la más absoluta naturalidad para provocar unas risas que no son frecuentes en los teatros de ópera. Y es que anoche, aparte de la calidad interpretativa de las voces, la historia que tan bien se contaba era pura comedia y el regocijo del público así lo reconoció.

Los intérpretes que se llevaron mayor ovación fueron, sin duda, la soprano italiana Barbara Frittoli en el papel de la condesa y la española Isabel Rey, metida en la piel de una eficaz y brillante Susanna. Pero lo cierto es que todo el reparto, desde el Cherubino de Marina Comparato al elocuente Fígaro de Luca Pisaroni, sin olvidar al tenor marsellés Ludovic Rézier, interpretando al conde de Almaviva, demostró estar excepcionalmente preparado para cumplir con las exigencias vocales y de actuación. El resultado: un conjunto que se movía en total comunión, incluido el coro, creando fantásticas escenas de absoluta comicidad como la que se desarrolla en la muy bien ambientada habitación de la condesa con el celoso conde intentando averiguar a quien tiene escondido su mujer en el “gabinetto”, o la que tiene lugar justo antes de la boda, cuando se descubre a los verdaderos padres de Fígaro.

Y por supuesto, un “cómplice” sin cuya interpretación no habría sido posible el éxito fue la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por el maestro López Cobos, que pocos días antes del estreno se mostraba encantado de poder dirigir esta compleja obra teniendo delante en edición facsímil la partitura original que escribió Mozart en 1786. Y advertía, además, de que el carácter bufo de esta ópera “perfecta” podría inducir al error de pensar que se trata de una obra fácil. Y nada más lejos de la realidad, porque el genial compositor dispuso todo para que los cantantes se conviertan en instrumentos musicales y los músicos de la orquesta en cantantes.

Una propuesta realmente estimulante para que el Real cierre por vacaciones a partir del 27 de julio, después de las doce funciones programadas, con emisión en directo de la del día 16 a 60 cines de España y toda Europa, dejando en el público un más que agradable sabor de boca hasta septiembre.

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