Opinión

Fariseísmo político

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 17 de julio de 2009
Cuando la corrupción política evidencia hoy en España que es la más formidable argamasa que mantiene unidos los poderes de este régimen, desde la adulada cúspide dorada al alcalde del pueblo más pequeño ( habrá heroicas y santas excepciones ), el Gobierno pretende que uno de sus rivales se vaya a casa por aceptar que le regalen dos mediocres trajes, cometiendo con ello quizás un cohecho llamado impropio, cuando hoy en España la cosecha de cohechos propios rompería las redes del más mastodóntico aparato judicial. No se sabe si la ocurrencia se gestó en una cacería en donde dos poderes del Estado acudieron a mesa y mantel, gorronería chulesca y ya tradicional, tal vez inveterada, de los altos funcionarios del Estado, pero en todo caso nos sorprende muchísimo, y hasta la aplaudiríamos si viéramos hoy que la Administración española se va a empezar a regir con las mismas normas de austeridad y honradez que un convento de monjas con severo voto de pobreza. Pero que una caterva de gorrones acusen de gorronería a otro gorrón va a introducir una perturbación tal en los calzoncillos de nuestros políticos que pocos habrá que huelan a ámbar. ¿Existe mayor desfachatez por parte de la clase política que simular ahora que se caen del guindo cuando toda la ciudadanía “súbdita”, pobre esguízara, conoce “desde el principio” la hispostática función de la corrupción en este Régimen? Una ciudadanía acostumbrada al desarrollo infinito de la “apátheîa”, a fin de hacerse invulnerable a tanto desvergonzado político y hostil a la Nación.

A lo mejor, Dios lo quisiera, esta animada pendencia entre gorrones puede traernos mayor honradez y limpieza de la política española, pero todo parece indicar que lo único que quieren los gorrones acusadores es más campo para sus fechorías. Quieren más sitio, que ya hasta falta sitio para todas las ansias de prebendas de nuestros mandamases. Si no fuese así, si la iniciativa del juez Flors sólo estuviese movida por la pasión profesional y el deseo de frenar la lenidad judicial, entonces nos pondríamos sin dudarlo del lado del escrupuloso juez.

De todas formas, además de en el Código Penal, debería quedar clara la consideración de falta “lo del regalo” en el Reglamento de Régimen Disciplinario de los Funcionarios de la Administración del Estado, aunque ello vaya a suponer bizantinismos de los más peregrino y estrafalario. ¿La profesora que recibe unas flores de sus alumnos a final de Curso por su buen trabajo en el aula comete cohecho impropio? ¿El cirujano que salva la vida de un paciente en caso tan difícil que su vocación indesmayable le ha llevado a invertir noches y noches sin dormir en la resolución del problema médico comete cohecho impropio si recibe una caja de bombones suizos? ¿El policía que se solidarizó con el dolor inmenso de la familia de la víctima y puso en peligro su vida y su salud hasta atrapar al criminal comete cohecho impropio si recibe por Navidad una caja de botellas de vino? ¿El ciudadano español será una máquina tan perfecta y fría que reprobará todo gesto y atisbo de agradecimiento o cortesía como algo primitivo, repugnantemente prezapateresco? ¿Y si seguimos con estos silogismos y entimemas encadenados no podemos llegar al monumento de la estupidez más clamorosa? Todo sea por la salud y bondad de esta Res pública.

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