Opinión

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Antonio López Vega | Sábado 18 de julio de 2009
Los historiadores somos poco amigos de los contrafactuales. La historia fue como fue y no como habría podido ser o como nos hubiera gustado que fuera. Sin embargo, lo cierto es que cada vez que uno se aproxima al detalle de cualquier acontecimiento histórico, se percata de que las cosas terminaron siendo como fueron por infinidad de decisiones personales que, de haber sido de otra índole, quizá, habrían cambiado el signo de los tiempos. Lógicamente, no me refiero a una única decisión en un momento dado. Es muy difícil que la opción adoptada por un único hombre, por sí sola, determine el curso de los acontecimientos. Éstos son producto, sobre todo, de la confluencia de diversas circunstancias que terminan desembocando en lo que conocemos como hecho histórico y, desde luego, del azar.

Estos días se cumplen 63 años del malhadado 17/18 de julio de 1936 que nos introdujo en la peor de nuestras pesadillas nacionales. Y, jugando a los contrafactuales, uno no puede evitar plantearse ¿y si Azaña, a la sazón Presidente de la República, tras el asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición y de la derecha monárquica, hubiese hecho una declaración pública de condena del crimen? ¿y si Franco, finalmente, no hubiera apoyado la sublevación militar y hubiera sido fiel al compromiso de lealtad al régimen legítimo al que debía servir? ¿y si, una vez iniciado el levantamiento de las guarniciones militares en Marruecos, la República hubiera evitado su traslado desde África a la Península Ibérica en el primer caso de puente aéreo de la historia? ¿Y si Queipo de Llano no hubiera logrado el control de Sevilla? ¿Y si el presidente del Consejo de Ministros, José Giral, no hubiera armado a la milicianos?

Y esto por referirnos únicamente a algunos de los hechos más significativos de las fechas más cercanas a aquellos terribles días de julio de 1936, porque, obviamente, podemos elevar hasta el infinito los contrafactuales de las causas, si se quiere profundas o últimas, de la guerra en relación a los años o décadas anteriores. Por ejemplo ¿Y si no se hubiera producido el Desastre del 98 y la crisis de la conciencia nacional que tanto efecto tuvo en los militares y en la situación del ejército en Marruecos sobre todo tras la derrota en Annual en 1921? ¿Y si Alfonso XIII hubiera accedido a las demandas de regeneración política y social de los intelectuales? ¿y si el rey no hubiera entregado el poder a Primo de Rivera? ¿Y si tras el 14 de abril cuando el país era una fiesta se hubieran atajado los brotes anticlericales como la quema de conventos del 11 de mayo? ¿y si el bienio social-azañista hubiera conseguido implantar las tan necesarias reformas con mayor tacto evitando, de este modo, la reorganización de las derechas como opción antirrepublicana y favoreciendo su conformación y desarrollo político dentro del nuevo régimen? ¿y si la acción política del bienio radical-cedista no se hubiera definido por su deseo de de(con)struir la acción de los dos primeros años de la República, los años reformistas? ¿y si no se hubiera producido la revolución de octubre de 1934 que, si bien, no deslegitimó la II República como algunos sostienen, si que le generó un profundo descrédito por el aumento de la conflictividad laboral y social, por el endurecimiento de la política de orden público y, en definitiva, por la dureza extrema empleada en la represión que tuvo como resultado un millar largo de revolucionarios y guardias civiles muertos? ¿Y si tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, unos y otros hubieran actuado con mayor responsabilidad? ¿y si Azaña hubiera permitido a Prieto acceder a la presidencia del Consejo de Ministros? ¿y si las juventudes falangistas y comunistas no hubieran sembrado de violencia y muerte las calles de las ciudades españolas en esos meses previos a la más incivil de nuestras guerras?

En fin, así podemos seguir durante líneas y líneas. Tristemente en este caso, la historia fue como fue. Nuestra responsabilidad es estudiarla con desapasionamiento para tratar de prevenir errores e incomprensiones pasados y construir, de este modo, un futuro mejor en una España de todos.

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