Domingo 19 de julio de 2009
Uno de los golpes más duros que sufrió la delincuencia organizada de América Latina fue la brillante operación llevada a cabo por el ejército colombiano en suelo ecuatoriano, en la que perdió la vida el dirigente de las FARC Raúl Reyes. El éxito no fue sólo la neutralización de uno de los líderes terroristas más peligrosos de todo el continente, sino la información que tenía en su poder. Así, el ordenador personal de Raúl Reyes revelaba inquietantes datos sobre la financiación que los narcoterroristas recibían de la Venezuela chavista. Y, recientemente, se ha sabido por boca de otro destacado guerrillero, el “mono Jojoy”, que las FARC aportaron dinero para la campaña del entonces candidato a la presidencia de Ecuador, Rafael Correa.
Así las cosas, es comprensible el estado de nerviosismo de Chávez y Correa al conocer el desenlace de la intervención colombiana. Más que nada, porque -como así ha sido- dicha operación podía sacar a la luz el flujo de financiación que, desde Venezuela, pasa por las FARC y desemboca en Ecuador. Narcodelincuentes y advenedizos metidos a políticos unidos en una operación de acoso y derribo contra uno de los pocos gobiernos de la zona que ha optado por la sensatez en lugar del populismo bufo. La clase política colombiana ha demostrado que está muy por encima intelectual y moralmente de los Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales o Daniel Ortega que pululan por América Latina a rebufo del castrismo cubano. Por eso precisamente es el enemigo a batir. Conviene recordar que, con semejantes vecinos, la Colombia de Uribe es todo un oasis de sentido común en un mar de demagogia. Sería deseable que la OEA condenase la receptación de dinero proveniente de grupos terroristas con el fin de influir políticamente en la marcha de un país. Claro que, para ello, quienes la manejan deberían de dar más de una explicación.
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