Jueves 21 de febrero de 2008
Hace no mucho Mariano Rajoy daba a conocer una de sus propuestas en materia de inmigración. Prometía el líder popular que, en caso de llegar al gobierno, pondría en marcha "un contrato de integración" para los inmigrantes por el que éstos tendrían los mismos derechos que los españoles, pero deberían comprometerse a "cumplir las leyes, aprender la lengua y respetar las costumbres de los españoles", entre otras cuestiones. Las críticas no se hicieron esperar, y desde todos los sectores de la izquierda española se acusó al candidato del PP poco menos que de xenófobo. No han pasado muchos días y ya sabemos de una nueva propuesta. Esta vez, el contenido de la misma viene a decir que "los inmigrantes deberán acreditar su integración para acceder a la ciudadanía. El desarrollo de esta propuesta incluye así mismo un periodo de prueba de uno a tres años para obtener el pasaporte. Además, se encarecerán las tasas del visado para compensar el gasto de los extranjeros en los servicios públicos".
Tras una lectura detallada de estas últimas líneas bien podría desprenderse que, lejos de suavizar sus postulados iniciales, la derecha española ha ido más allá, endureciendo su mensaje sobre la inmigración. Ocurre que no es así, pues estamos ante la receta del laborismo británico para controlar la inmigración en Gran Bretaña. En efecto, el gobierno de Gordon Brown ha decidido tomar cartas en el asunto ante las quejas formuladas por varios municipios, los cuales se han visto desbordados por el número de inmigrantes, con el correspondiente atasco en los más elementales servicios públicos (sanidad, administración, etc.). Socialistas ingleses, no lo olvidemos.
Ocurre que el pueblo inglés tiene una sensatez democrática envidiable y suele conducirse con un pragmatismo ciertamente útil y alejado de complejos. Para que dos palabras tan importantes en los cimientos de un Estado de Derecho como son "derechos" y "libertades" cobren todo su sentido, hace falta una tercera, indisolublemente unida a ellas: "obligaciones". Todo aquel que venga al Viejo Continente para trabajar, estudiar o huyendo de persecuciones de diversa índole será bien recibido, y podrá disfrutar de todos los derechos inmanentes a cualquier ciudadano de la Unión. Pero eso lleva aparejado el cumplimiento de una serie de obligaciones en pro de la convivencia cuya observancia se antoja fundamental. Conocer el idioma, aceptar las costumbres del país de destino y mantener unas mínimas reglas de comportamiento cívico no es restricción de derechos, sino sentido común. La izquierda británica lo ha entendido. La izquierda "del Continente", parece que también. Esperemos que la izquierda española no siga viviendo mucho más tiempo en su particular siglo XIX y que mire un poco más a Europa en un asunto tan importante como es éste.
VIOLENCIA Y AUTORITARISMO NACIONALISTA
Demasiados capítulos broncos nos está deparando la precampaña anunciándonos una incómoda senda hacia las urnas. Intentos de agresión a María San Gil, altercados en un acto de Rosa Díez en la Universidad Complutense y el presidente de la Xunta, Pérez Touriño alimenta las aguas turbulentas con la denuncia de crispación por parte del Partido Popular.
El Partido Popular hace mal en exagerar y extender la culpabilidad a quien no la tiene. Pero es evidente que la deriva nacionalista de Zapatero y la lenidad en excesos de todo orden de algunos violentos, todos ellos extremistas y secesionistas y muchos de ellos nacionalistas aliados del Gobierno, propician la estigmatización de los populares que representan el 40 por ciento del electorado. Romper con los pactos de Estado y la matraca continua de hablar del PP como un partido fascista es un caldo de cultivo para este tipo de incidentes. Los genios encuesteros de Rodríguez Zapatero deben pensárselo. La historia de la exclusión fuera del sistema de uno de los dos grandes partidos por parte del otro ha sido siempre futil y a veces trágica. Posturas vergonzosas como las de Touriño no ayudan precisamente a calmar la situación. El presidente de la Xunta podría aprender del rector de la Universidad Complutense, Carlos Berzosa, hombre que nunca ha ocultado su simpatía por la izquierda y coherente con su mandato universitario ha publicado inmediatamente su repulsa por los acontecimientos en su recinto del saber.
Lo que hay que hacer con esta gente no es sólo procesarla sino que las autoridades universitarias deben expulsarlas de la comunidad, de lo que Unamuno llamó el templo de la inteligencia y foro de la palabra. El zapaterismo debe recordar que sus aliados son los que les arrinconan y empujan acortando las libertades.
Ni exageraciones del Partido Popular ni lágrimas de cocodrilo de la vicepresidenta del Gobierno.
PAN Y CIRCO: EMPIEZA LA CAMPAÑA
A quien se le diga que hoy comienza oficialmente la campaña electoral en España, pensará sin duda que la noticia llega con retraso. Y es que, si bien la madrugada del jueves 21 al viernes 22 de febrero marca el pistoletazo oficial de salida con la ya tradicional pegada de carteles, es evidente que los candidatos de los principales partidos llevan calentando motores (si no ya en carrera) desde hace bastante tiempo. Asistimos estos días a un auténtico mercadeo de propuestas electorales. Nada que objetar a que los partidos den a conocer a la ciudadanía cuáles son los pilares básicos de su programa político, anticipando algunas líneas de actuación tales como, pongamos por caso, rebajas fiscales, incentivos por maternidad, etc. Hasta ahí, bien.
Pero otra cosa es la infame "compra de votantes" en que se está convirtiendo esta campaña. La clase política debería de tener en algo más de estima a la ciudadanía, y saber que los tiempos del imperio romano en los que el emperador daba pan y juegos circenses a la plebe romana para tenerla contenta son ya una reminiscencia histórica, por más que haya quien quiera rescatarla. Diera la impresión de que, en lugar de debatir sobre propuestas concretas, estamos ante una desbocada carrera en la que va por delante quien haga la oferta más pinturera. La sociedad española no merece semejante pobreza intelectual; menos gangas de mercado persa y más propuestas inteligentes.
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