Víctor Morales Lezcano | Viernes 24 de julio de 2009
En los vastos espacios de Asia central, están situados los territorios limítrofes entre China y Rusia que pertenecieron a la URSS, hasta la implosión que sufrió el gigantesco Estado que inventaron Trotsky y su retaguardia comunista durante los años 20 del siglo pasado.
Hablamos de Kazajkastán, Kirgistán, Uzbekistán y Tidjikistán. La más noroccidental -y túrcica- de las regiones de China es Sin-Kiang, definible como bastión de los musulmanes chinos, o Uigures; y, de otra parte, étnica y lingüísticamente vinculados a la República de Turquía. Este último es país, a propósito, cuyos orígenes asiáticos no pasan desapercibidos, ni incluso a los miembros más pro-occidentales del lobby parlamentario “eurocrático” con sede en Ánkara.
En los últimos diez días hemos sido puestos al corriente de las revueltas que tuvieron lugar en la capital de la región el 5 de julio, de causalidad y desenlace poco esclarecidos. En cualquier caso, la revuelta de la población autóctona de los Uigures (cerca de diez millones) ha encontrado eco en varias tribunas y antenas de Ánkara. Repercusión en Turquía que, bien pensado el asunto de la supresión violenta de esa revuelta por las fuerzas del orden chinas, nada puede extrañar.
Así, se olvidan frecuentemente los datos de la realidad geopolítica, demográfica y económica que están presentes -o bien, ausentes- en los cimientos de las naciones. Turquía es un ejemplo que ilustra este extremo. Península del Asia Menor que se adentra en las aguas del mar Negro y del Mediterráneo occidental, posee, sin embargo, una profundidad histórica que la conecta con el Turquestán ruso y chino. O sea, con Sin-Kiang. La incardinación territorial y marítima de Anatolia: es, pues, geminada, doble: proviene de Asia y su tajamar hiende el Mediterráneo.
Actualmente, el oleoducto Nabucco -en vías de terminación- enlazará regiones ricas en petróleo -como las del norte de Iraq- con Viena, para distribuir desde la capital austriaca el codiciado combustible. El paso de Nabucco por la península de Anatolia se hace consecuentemente imprescindible para Centroeuropa, en tanto en cuanto el núcleo germano de Centroeuropa pretende no depender al cien por cien del abastecimiento de fuentes energéticas servidas por Gazprom desde Rusia.
A varios otros efectos (conflictos en Oriente Medio, por ejemplo), Turquía se ha hecho imprescindible para el tándem euro-americano. Y de ello es muy consciente la nomenclatura republicana y la opinión pública de Ánkara. En esta conciencia se fundamenta el quid pro quo de los defensores a ultranza del ingreso de Turquía en la Unión Europea.
La naturaleza geminada, doble, -al menos- de Turquía, la convierte, pues, en un punto de referencia lingüístico y étnico entre las poblaciones túrcicas a horcajadas entre Rusia y China.
La ideología del panturanismo (o hermanamiento de todos los pueblos del antiguo Turquestán), encontró cierto eco entre los Uigures durante los años 30 del siglo XX. Y tuvo un predecesor destacado en la figura de Isa Yusuf Alklakim, figura desaparecida de la escena de la historia en 1996. La hiperactiva millonaria, Rebiya Kadeer, parece ser actualmente el portavoz más pujante de la personalidad histórica de la comunidad musulmana uigur.
Desde TaÏeb Erdogan, pasando por el ministro de Industria del gabinete gubernamental islamo-moderado que gobierna Turquía, hasta alcanzar a varios periódicos y portavoces de Istambul, en Ankara no se ha tardado en condenar el empleo de la violencia en el aplacamiento de los disturbios registrados en Sin-Kiang.
No ha parado aquí la reacción oficial habida en Turquía, sino que Erdogan mismo ha intentado “internacionalizar” la revuelta de marras, insinuando la probabilidad de elevar al Consejo de Seguridad de la ONU, el caso de la región autónoma del noroeste de China (Turquía, a propósito, es ahora miembro no permanente del Consejo de Seguridad, aunque -no se olvide- China pertenece a la “estirpe” de los cinco miembros permanentes, que lo son desde 1945-46).
La respuesta de Pekín no ha podido ser más breve y tajante: “este asunto concierne a nuestra política interior, y no hay razón alguna para debate en el Consejo de Seguridad”.
Pekín comenta que la población musulmana de Sin-Kiang es de inclinación separatista. Ankara, por su parte, alega que se ha cometido genocidio, principalmente en la capital de la región, Urumqui.
Por tanto, la discrepancia está servida. China es, sin embargo, una potencia con todas las de la ley, y como en el caso de Rusia en Chechenia, el sistema internacional euro-americano no está dispuesto a encararse directamente con Pekín por los “disturbios” que han ocurrido en el lejano Sin-Kiang.
Con Irán, dicho sea de paso, nos encontramos ante otra situación crítica, porque parece que ha habido cierto fraude electoral, y porque -para Occidente- el gobierno de Teherán es categóricamente un “maldito”. Además, porque de los campos de petróleo de la República de los ayatollah depende también el aprovisionamiento de combustible a los países anglosajones, por todo lo cual, en Irán, “una de cal y otra de arena”. Pero el Asia profunda, ¡la pobre!, qué se resigne.
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