José Suárez-Inclán | Lunes 27 de julio de 2009
Cabanillas del Campo, 25 de julio de 2009. Seis toros de Alcurrucén para Miguel Abellán, Joselito Adame y Raúl Velasco.
Santiago en Castilla, luz que seca y ciega, que taladra, luz que mata moros y cristianos; luz para valientes, para tierras de secano; llamas de Apolo en el cielo perfecto del campo.
Está casi llena la plaza portátil, toda sangre de toro en las chapas de hierro del armazón de portones y gradas, en la madera escasa de barreras y burladeros: un andamio redondo que vuela de viejas eras a campos de fútbol, de descampados baldíos a las afueras donde se instala el mercado. La arena apisonada con sus círculos perfectos de cal espera a los toreros. Suena una banda de ejemplar modestia (dos saxos, un trombón, una trompeta, un bombo y una caja) y los matadores abren el paseo.
El primer toro, colorado y bien hecho, corto de manos, impresiona en la cercanía de la frágil estructura —ayer aparcamiento ante el frontón— y los mozos más jóvenes de las peñas farfullan sandeces en voz alta, inseguros y aturrullados por sus propias gracias. Una fotógrafa se encarama desde el callejón y, en forzada postura, retrata al picador mientras los entendidos protestan y los chavales se codean por lo bajo, los ojos puestos en la sombra del canal que abre su espalda. Abellán, siempre de blanco y oro, muletea sin fe ni acoplamiento al toro noble de justa embestida. La banda apenas suena y los álamos responden con un leve temblor de hojas verdes.
Adame —lila y oro— se ha ceñido en cuatro verónicas y una media con una torería que despereza la voz dormida de los castellanos, y en la chicuelina, el breve mexicano que hiciera sombra al propio JT en las arenas de Nimes, arranca palmas que suenan amortiguadas en la extensión desnuda del campo. Un cauteloso “Gato montés” acompaña las banderillas, más fáciles y alegres que reunidas y encaradas. Cuando el torero se dobla bien en el recibo, ya está “Chiclanera” saliendo del metal dorado hacia el espacio interminable, y la muleta lidia a derechazos al toro que repone con rebrincos hasta que se relaja en naturales. De pie, de espaldas al sol, cuatro hombres de rojo, verde, marrón y amarillo, extienden sus brazos sobre la barandilla superior del tendido, como si anduviesen encargados de tantear la plaza, de sujetarla para que no se desmoronase. Media estocada en buen sitio le vale una oreja que se concede sin alharacas, casi en secreto, y en la vuelta al ruedo, unos chicos del sol aplauden con admiración, la sonrisa en las bocas abiertas.
Mientras Raúl Velasco pone al 3º en el caballo, alguien grita “¡guapo!” al director de lidia, que vuelve la raya imperceptible del ojo e inicia una sonrisa satisfecha. Los banderilleros golpean el burladero con el canto de las manos para sujetar al toro en el brindis y después Raúl se estira en dos derechazos y abrocha uno de pecho. Por la izquierda el toro lo descubre; vuelve, templando, a la diestra, y el abaniqueo con que remata despierta una brisilla en la atmósfera. Cuando pasea la oreja, del tendido, junto a la banda, baja una morena que le entrega dos claveles blancos, y una bandera española se desmorona en una barandilla. Sale el cuarto, un toro noble y dulce al que Abellán contempla impávido durante la inmisericorde barrena con la pica y luego, tardío y sin alma, quiere torear. Algún derechazo largo, algún remate airoso que jalean los picadores con insolencia retadora, vueltos con descaro hacia los exigentes que protestan con razón.
El 5º, un castaño albardado bociblanco de bellas hechuras, despierta el color de México: delantales, faroles, una chicuelina, media revolera… Mientras el matador banderillea, un picador —las manos en cuenco— recibe de un niño un torrente de “cheetos”. El toro se ha rajado, Adame compone la figura como puede; en el callejón el mozo de espadas bebe un trago de agua y pasa la botella al picador ahíto de chuches, los areneros fuman, tres guardias civiles se hacen comentarios impenetrables y el cielo palidece en el horizonte de la plaza portátil, mientras en el alto azulado de su cúpula se cruzan dos aviones blancos.
Ha salido el último y los compases de la jota encienden los focos. Velasco brinda a una peña, pero las 21, 45 de los relojes mustian la alegría, y la voluntad del torero no puede levantar la algarabía que merece la bravura codiciosa del castaño listón de Alcurrucén. El ganadero, castellano y manchego de una dinastía que ostentó títulos como “La muleta de Castilla”, mira frustrado y melancólico desde el tendido. No puede ni sabe Raúl con tanto toro. Ni con la noche. La luna se afilaba en los olivos.
TEMAS RELACIONADOS: