Opinión

La amoralidad de Chávez

Jueves 30 de julio de 2009
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, no pierde la oportunidad de ser el centro de atención de la opinión pública internacional. Tras el escándalo desatado por la incautación de armamento venezolano de fabricación sueca, adquiridos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el mandatario suramericano en vez de buscar la manera de condenar el grave incidente o de demostrar un poco de interés en explicar, tanto a las autoridades colombianas como a las suecas, las posibles causas del mismo, ha optado por sentirse aludido y decidió expulsar al embajador de Colombia en Caracas, al igual que lo hizo en 2008 con el de EEUU o a principios de año con el de Israel.

La manía compulsiva de Chávez de atribuirle a terceros los errores de su gestión de gobierno,-porque los lanzacohetes suecos no llegaron a manos de las FARC por divina providencia-, le indujo nuevamente a culpar al “imperio” de querer convertir a Colombia en el “Israel de América Latina”, porque así como EEUU ayuda a Israel a impedir la unión del mundo árabe, hará lo mismo con el país vecino a fin de obstaculizar la integración latinoamericana. Todo esto a escasos días de que el ministro de Exteriores israelí, Avigdor Lieberman, culminase su gira suramericana.

Lo más irónico de semejante barrabasada, es que si el mandatario venezolano pretendía insultar a Colombia comparándola con Israel, no se percató que tal símil resultó más un halago que un improperio para el gobierno de Uribe, que recientemente reforzó lazos bilaterales con el país semita. Y es que cualquier estado competitivo que se respete le gusta estar a la altura de uno, que pese a sus defectos, ha logrado en tan sólo 61 años convertirse en una potencia mundial que exporta tecnología de punta a todas partes del mundo, y que ha hecho posible que las áridas arenas del desierto que abarca casi el 70 por ciento de su territorio, sean cultivables. Pero, sobre todo, que, con todos sus defectos y errores, es el único país de la región libre y democrático; el único en el cual sus políticas y dirigentes son controlados, fiscalizados, criticados y, si es el caso, juzgados libre e implacablemente por sus propios conciudadanos.

A todas estas, cabe preguntarse qué clase de integración quiere Hugo Chávez para América Latina: una que apuntale el progreso regional u otra enfocada a un panamericanismo bananero, en donde él pueda ser el maestro de ceremonias del circo populista y autoritario en el que quiere ver convertida a la comunidad iberoamericana.

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