Alicia Huerta | Miércoles 05 de agosto de 2009
En Roma, ciudad eterna en la que la modernidad propia de cualquier capital europea convive orgullosa y sin problemas con los restos de su magnífico pasado, sólo hay una línea de Metro, de menos de diez estaciones, la mayoría de ellas periféricas. Y, por supuesto, que nadie busque un parking subterráneo de esos a los que en Madrid estamos tan bien acostumbrados. No es posible. Los romanos saben de sobra que en cuanto se ponen a levantar unas docenas de adoquines, florecen restos arqueológicos de gran valor para la historia, no sólo para la suya, sino para la de todo el mundo. Así es que vuelta a cerrar el agujero y a otra cosa.
Ya sé que ponerse a comparar las ruinas y vestigios arqueológicos de la capital del Imperio Romano con las cuatro piedras que, de vez en cuando, aparecen para poner patas arriba los planes urbanísticos del Ayuntamiento madrileño, probablemente el más solidario del mundo con el cemento, no tiene sentido. Me pregunto qué habría pasado si a los gobernantes de la capital italiana les hubiera dado por quedarse sólo con los numerosos ejemplos de su historia y su cultura que hay en la superficie, y que desde luego no son pocos, para primar el progreso y la comodidad de sus visitantes y ciudadanos. Total, lo que hay debajo de Piazza Navona, Piazza di Pietra o Campo di Fiori, aunque está, nadie lo ve y, por lo tanto, nadie lo echaría en falta. Como diría Obelix: “Están locos estos romanos”.
Menos mal que aquí por esas cosas culturales e históricas no hay que preocuparse mucho. Que nadie vaya a decir ahora que el túnel y el parking de la Plaza de Oriente no son cómodos. Y en su momento, como ahora en la calle Serrano, también hubo de esos “técnicos pesados” que se echaban las manos a la cabeza ante tanta destrucción del patrimonio histórico. “Pero si son cuatro malditas piedras desgastadas”, les dijeron. Aunque, para no quedar demasiado mal, decidieron dejar al descubierto las que parecían más apañadas y el que quiera ver piedras viejas que baje al parking o suba a la cercana Plaza de Ramales. Si tiene suerte de que haga menos de un mes que hayan limpiado los gruesos cristales que protegen los vestigios, a lo mejor, hasta pueden distinguir lo poco que queda de las edificaciones que una fría placa anuncia que allí estaban.
Ha habido ya muchos casos similares. En el último, el de la calle Serrano, los nervios entre los responsables del Ayuntamiento, los comerciantes y los propios vecinos ante lo que podía ser un retraso poco conveniente de las obras que han convertido a la zona en una copia de Sarajevo en plena guerra, empezaban a caldearse tanto que ayer los expertos de la Dirección General de Patrimonio Artístico de la Comunidad de Madrid hicieron público su dictamen con carácter urgente. Se autoriza el desmontaje de la conducción de agua y sólo se obliga a preservar y mostrar en el interior del aparcamiento un fragmento de la cerca de Felipe IV y otro de la conducción hidráulica encontrada. Ya lo ven, otra vez, cuatro malditas piedras. Que continúe el bendito y destructor progreso.
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