Jueves 06 de agosto de 2009
Por primera vez desde que dejó el poder en 2002, el ex presidente estadounidense Bill Clinton vuelve a protagonizar los titulares de su país y del mundo, al convertirse en el salvoconducto que le devolvería la libertad a las periodistas Laura Ling y Euna Lee, sentenciadas a 12 años de trabajo forzados en Corea del Norte por haber sido detenidas en la frontera mientras hacían un documental sobre el tráfico de mujeres entre China y la nación de Kim Jong II.
Desde su captura en marzo pasado, la suerte de ambas mujeres estaba echada. Corea del Norte es quizás uno de los peores países para estar tras las rejas, tanto por la estructura de un sistema judicial que le rinde culto exclusivo al régimen, como por la fama que acompaña los centros penitenciarios del país asiático, cuyas condiciones suelen ser comparadas a las de un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el punto, que más de una década llevando a cabo labores extremas al borde de la extenuación física, casi garantiza una sentencia de muerte. En todo caso, se trataba de una pena que resultaba desproporcionada ante el delito que se les imputaba: la entrada ilegal a territorio norcoreano.
Para quienes estamos acostumbrados a vivir en un sistema democrático, la historia de Ling y Lee se escapa de toda lógica. Si hubiese ocurrido en otra nación del mundo, posiblemente las mencionadas periodistas, como mucho, hubiesen sido detenidas y deportadas. Pero el hecho es que se encontraban en una zona geográfica donde no es aconsejable pasar los límites y menos si estos dividen a China y a Corea del Norte.
Clinton, avalado por el voto de confianza de Barack Obama y de su status de jefe de Estado retirado, era la persona indicada para persuadir Kim Jong II de que indultara a las dos mujeres. El ex mandatario tuvo que pedir disculpas y abstenerse de mencionar el tema nuclear por exigencias del dictador, para permitir el regreso de las periodistas a EEUU.
La participación de Clinton en la mediación para la liberación de Laura Ling y Euna Lee, ha sido una iniciativa astuta por parte del gobierno de Barack Obama, que apostó por el humilde gesto de bajar la cabeza, en lugar de morder en el anzuelo con este caso, tensando aún más, las delicadas relaciones entre Washington y Pyongyang.
Si bien la propaganda de Jong II no perderá tiempo en convertir la noticia en un triunfo del sistema comunista norcoreano, lo cierto es que Estados Unidos se salió con la suya con todas las de la ley, porque se llevó a sus ciudadanas sanas y salvas a casa, ya que ése era el propósito del viaje de Clinton. La administración estadounidense ha dado una lección de buena diplomacia al no caer en la burda manipulación de “rehenes- armamento nuclear”, para lo cual hubiese tenido que viajar Hillary en vez de Bill…Clinton.
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