Alberto Míguez | Sábado 23 de febrero de 2008
De La Habana soplan vientos de cambio y, tal vez, esperanza.
Los más optimistas dicen aquí y allá que, tras la dimisión del dictador en varios de sus altos cargos oropeles, se inicia ahora un proceso de transición hacia la Democracia y la libertad. Como la esperanza es lo último que se pierde no sería la primera vez que algunos, pánfilos o crédulos, hubiesen apostado por una alternativa semejante y se equivocasen. Muchos en cambio creen que el futuro de Cuba suena a cambio y que es irreversible, con Raúl y sus generales en el poder o sin ellos.
En principio, las condiciones para esa transición anunciada están dadas, pero eso no quiere decir mucho porque el desmontaje del régimen tendrá que ser una delicada obra de ingeniería interna en la que el principal mecánico vaya inhabilitando pacientemente las principales piezas mientras el pueblo aguanta y la nomenclatura guarda silencio. Casi nada.
La transición en Cuba la promoverán e inventarán los cubanos. Para nada servirán presencias ajenas ni sugerencias extranjeras. Los Estados Unidos deberían levantar prioritariamente levantar, por ejemplo, el absurdo e inútil embargo. La unión Europea, restaurar la "postura común" que Zapatero logró neutralizar sin pena aparente ni gloria manifiesta. Lo mismo sucede con otros países. Entre ellos, por supuesto, España.
Las relaciones entre España y Cuba son política y económicamente imprescindibles. España, sea cual sea su gobierno, no podrá desentenderse del proceso de cambio y transición cubano. Pero previamente las relaciones entre los dos países, que van más allá de esa fraternidad tantas veces evocada y olvidada, deberán normalizarse y progresar.
El gobierno español actual, en un claro ejercicio de oportunismo e insensatez, creyó que rompiendo el consenso europeo sobre la isla o, peor todavía, ignorando y fustigando a la machacada oposición interna al régimen, haría que el país se liberalizara y Castro, carnívoro y omnívoro, se convertiría en un vegetariano pacifista.
Zapatero y Moratinos tragaron toda la quina que la dictadura castrista quiso servirles, sonrieron ante los desplantes e insultos del dictador y sus sicarios, y a cambio ofrecieron sacrificar al exilio interior en una ofrenda cobarde recibida en La Habana con carcajadas y desplantes. Para nada sirvió que Castro insultara a José María Aznar, expulsara del país al diputado del PP Jorge Moragas como si fuera un delincuente y aplaudiera todas las barbaridades que contra España, su Monarquía y sus instituciones lanzaron desequilibrados como Hugo Chávez.
"Así aprenderán", dicen que dijo el dictador a su amigo venezolano cuando éste le comentó alguno de los desplantes del régimen al gobierno español. El problema es que no aprendieron y hoy las relaciones entre los dos países siguen siendo mediocres. Normalizarlas será una labor necesaria y urgente sea quien sea el nuevo jefe de Gobierno en Madrid.
Los tiempos en que españoles y cubanos se enfrentaban o ninguneaban, deberían haber terminado con esta retirada retórica del dictador y el rumor probable de que el cambio ha empezado. España tendrá que extremar su generosidad y comprensión ante los tiempos que se avecinan en la isla. La que fue la "joya más querida de la corona" debe recuperar el rango y la simpatía que tiene entre la inmensa mayoría de españoles.
Todo cuanto España, su régimen y Gobierno puedan hacer para facilitarle las cosas a quien asuma en Cuba la difícil tarea de la transición hacia la Democracia y la libertad, debe ser facilitado y comprendido. La etapa de los tientos y diferencias hispano-cubanos, que caracterizó los últimos cuatro años, debe ser apenas un mal recuerdo. El futuro, esperamos todos, será otra cosa.
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