Opinión

Veruela: Cartas desde una celda

Isabel Sagüés | Viernes 07 de agosto de 2009
“En el fondo del melancólico y silencioso valle, al píe de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello…” Así finaliza la primera de las nueve CARTAS DESDE MI CELDA que Gustavo Adolfo Bécquer escribió durante su estancia en el monasterio de Veruela.

En la primavera de 1864, el ya entonces más famoso poeta español pasó una temporada en el monasterio intentando, al aire sano y seco del Moncayo, recuperar su mala salud, afectada por la tuberculosis, enfermedad que le llevaría a la tumba con 34 años. Las cartas fueron publicadas en el periódico madrileño El Contemporáneo, en el que trabajaba Gustavo Adolfo, y están consideradas obra maestra del periodismo español.

La singular belleza y aislamiento del lugar, junto con su historia y sus leyendas, suponían gran atractivo para los viajeros románticos. Romántico entre los románticos, Bécquer permaneció varios meses en la celda del sobrio y aislado enclave cisterciense. Durante su estancia estuvo acompañado por su hermano Valeriano, reconocido artista plástico. Juntos visitaron la comarca del Somontano. Juntos recorrieron sus pequeños pueblos: Añón, Alcalá, Vera, Trasmoz, con su impresionante castillo, escenario de antiguas y sombrías leyendas de brujerías, de las que Bécquer se hizo eco en su Cartas y Rimas y Leyendas. Su hermano dibujó y pintó los lugares, sus gentes y sus costumbres hasta llenar cinco álbumes y unos cuantos óleos y grabados.

El monasterio de Santa María de Veruela está situado en la provincia de Zaragoza, en el vértice donde confluye con Navarra y Soria. Se halla en un pequeño valle formado por el río Huecha, bajo la mole del imponente Moncayo, que, con sus 2316 metros, es el pico más alto del Sistema Ibérico. Son parajes llenos de poesía, prosa y leyendas, Bécquer describió la vertiente aragonesa, y la vertiente soriana inspiró a Antonio Machado.

Un hermoso y variopinto paisaje dibuja el Moncayo, con sus cabezos, sus bancales y matorrales. Los pastizales, acebos, tejos, helechos, jaras, sabinas y encinares que crecen en la falda van dando paso a bosques de robles, hayas y pinos negros. A los pies del majestuoso monte, se asienta una humilde comarca, de pequeños pueblos, incluida dentro del histórico Campo de Borja. Una comarca que sigue siendo agrícola, cerealista, de huertos familiares, donde el cierzo sopla y aligera las altas temperaturas del verano y en invierno hiela los campos y las pocas personas que habitan la comarca. En la actualidad, el Parque Natural brinda infinidad de itinerarios al amante de la naturaleza.

Desde Tarazona, tras pasar el pueblo de Vera del Moncayo, una apacible y poco transitada carretera conduce a la puerta del sobrio, rotundo y amurallado monasterio con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas, sus muros almenados, y su imponente fábrica, rodeada de agua y follaje. El monasterio fue fundado por la Orden del Cister en el siglo XXII. Una fundación propiciada y apoyada por la Corona de Aragón que le otorgó numerosos privilegios y donaciones, que sumadas a los de los particulares compusieron un rico patrimonio, que ya en el siglo XIX se encontraba muy menguado. Con la desamortización de Mendizábal los monjes p abandonaron el cenobio. El edificio principal fue sacado a pública subasta en 1844. La Comisión Central de Monumentos Artísticos de Madrid reclamó su conservación e impidió su licitación al mejor postor. Salvó el edificio, que tras años de abandono se convirtió entre 1877 y 1973 en noviciado de la Compañía de Jesús. Desde 1976 está en manos de la Diputación Provincial de Zaragoza, que ha hecho notables esfuerzos en su restauración y conservación.

Perdido en medio del campo, Veruela constituyó un singular centro de recogimiento y uno de los monasterios más importantes del Cister en España. El conjunto está cercado por una muralla del siglo XVI, de un kilómetro de extensión. Un portón medieval abre el recinto, un conglomerado de estilos que abarca desde el románico inicial hasta el gótico o el renacentista. Una hermosa avenida de plátanos conduce hasta la maravillosa y grandiosa iglesia, de tres naves cubiertas de crucería gótica. A la iglesia se accede a través de una portada románica, de gran belleza, con arquivoltas que se apoyan sobre columnas rematadas por hermosos capiteles. Desde la iglesia se pasa al espectacular y extraordinario claustro, gótico en su creación, y coronado décadas después con un segundo piso renacentista. El claustro comunica con la románica sala capitular, el refectorio, la cilla, el scriptorium y otras dependencias propias de un gran cenobio, que hoy son escenario de exposiciones, conciertos y cursos.

En la segunda de sus Cartas desde mi celda, Gustavo Adolfo Bécquer hizo una hermosa descripción del monasterio. Del claustro, “donde reina una oscuridad profunda”, escribió: pueden distinguirse las largas series de ojivas festoneadas de hojas de trébol, por entre las que asoman con mueca muda y horrible esas mil fantásticas y caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad media dejó grabadas en el granito de sus basílicas: aquí un endriago que se retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del capitel; allí, un ángel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la recaída de un arco que apunta al muro; más lejos, y sombreadas por el batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra, donde, bien con la mano en el montante o revestidos de la cogulla, se ven las estatuas de los guerreros y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio o lo han enriquecido con sus dones”.

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