José María Herrera | Sábado 08 de agosto de 2009
El veinticuatro del mes pasado, La Repubblica publicó en su sección de cultura dos artículos acerca del papel de los museos en la actualidad: uno, firmado por Pietro Citati, titulado: “Louvre: por qué detesto este museo”, y otro, réplica al anterior, escrito por Leonetta Bentivoglio: “Pero es un error añorar el pasado”. La idea de confrontar en la misma página dos visiones opuestas de un asunto me parece estupenda y creo que, ampliada a toda clase de temas, contribuiría a mejorar la labor informativa de la prensa, últimamente demasiado propensa al discurso sesgado y como de perro-caena, habitual en la mayoría de los diarios, al menos aquí, en España.
Citati se lamenta de que los grandes museos se hayan convertido en una especie de industria cultural para masas, espacios donde es más fácil comprar o tomar café que contemplar tranquilamente un cuadro. A su entender, la pretensión de rentabilizarlos al precio que sea está desvirtuando su sentido, si no lo ha hecho ya. Entre las ampliaciones faraónicas de los recintos, la exposición de cantidades enormes de obras, no siempre valiosas, las colas inacabables, las visitas guiadas, etc. la experiencia estética se diluye en la nada y con ella la posibilidad de gozar verdaderamente las creaciones artísticas.
Leonetta Bentivoglio, por su parte, expone en su réplica las declaraciones que a propósito de las palabras de Citati ha hecho Monique Veaute, directora de la galería del Palacio Grassi, uno de los centros del arte contemporáneo de Venecia. Veaute considera muy satisfactorio que la gente deje por un rato playas y estadios para visitar los museos y propone seguir por este camino con vistas a una mayor difusión del saber y la cultura. Frente al elitismo de esteta de Citati, su tesis es que hay que hacer lo posible por llevar las obras artísticas a la gente.
Supongo que nadie se sorprenderá de que una organizadora de eventos culturales no comparta la opinión de un esteta solitario sobre el papel de los museos. Lo raro sería que lo hiciesen, máxime teniendo en cuenta de qué manera ha evolucionado la práctica museística en la última centuria. El divorcio entre arte y sociedad con que dio comienzo el siglo XX se ha cerrado con un pacto de compromiso que parece complacer a todo el mundo. Mientras los artistas, formados en la tradición del rechazo a la tradición, siguen haciendo como que permanecen extraños a las convenciones de la sociedad, ésta finge sentirse golpeada por sus provocaciones, unas provocaciones que apenas si arrancan ya algún bostezo. Los museos, símbolos de la reconciliación, han abandonado su condición de panteones para convertirse en algo vivo. Muchos de ellos exhiben con orgullo obras ideadas para ridiculizarlos y, en justa compensación, el público multitudinario que los visita adopta ante las sátiras feroces de los artistas una actitud reverencial que multiplica su caché y los reconcilia con la comunidad. Una genuina alianza de civilizaciones, por decirlo así.
Frente a las grandes pinacotecas, como el Louvre, visitada en 2008 por cerca de nueve millones de personas, Citati es partidario del pequeño museo, un lugar semivacío y silencioso, donde demorarse con los detalles de las obras. A Monique Veute esto no le parece incompatible con el funcionamiento actual de los museos, muchos de los cuales, conscientes de las incomodidades de las afluencias masivas, han hallado una solución en los horarios nocturnos, por ejemplo. A las tres de la mañana probablemente no haya nadie en los Uffizi que impida a Citati deleitarse en la firme pincelada de los Botticellis y los Tizianos.
Ninguno de los contendientes parece conocer la solución hispánica al problema: el centro de interpretación. Este es un tipo de micromuseo especializado en un tema –el vino de Jerez, el hombre de Atapuerca, el puente nuevo de Ronda- y dirigido al turista desprevenido. Con una pequeña inversión (los centros de interpretación exponen fotos, paneles y objetos sin valor material, ocupan espacios minúsculos y no tienen más gasto que el sueldo del funcionario, por lo general algún rancio interino contratado a dedo) se contribuye a popularizar la cultura, como quiere la señora Veute, y particularmente la cultura popular, desdeñada por los antiguos museos. Igualmente, al ser cada centro de interpretación único en su género, y encontrarse esparcidos por doquier, especialmente por Andalucía, es muy difícil que coincidan en ellos dos visitantes. Esto permite a los eventuales espectadores deleitarse en las obras expuestas y, como no son en rigor obras, sino fotografías, casi siempre comentadas en los inevitables paneles por la concejala de cultura, o, en su defecto, cachivaches restaurados por los alumnos de la escuela-taller, acercarse a ellos y tocarlos a su gusto, como le gustaría a Citati.
En suma, nada más acorde con la época. Para que luego digan que España no es un país de vanguardia y a la cabeza de los tiempos.
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