Opinión

Colombia contra las cuerdas

Pedro Medellín | Sábado 08 de agosto de 2009
Colombia no había medido bien la dimensión de las reacciones. Primero creyó que con ofrecer el territorio colombiano para que los militares estadounidenses pudieran mantener las operaciones que realizaban en la base militar de Manta en el Ecuador, el gobierno de Barak Obama reconsideraría su decisión de reducir las ayudas militares a Colombia y descongelaría la firma del TLC. Y nada de eso sucedió. Luego, supuso que con la explicación de que las bases no eran para espiar a terceros países, el asunto estaba arreglado. Pero tampoco. Después, ya metido en gastos con el que resultó un “preacuerdo” militar con los Estados Unidos, supuso que alertar a la comunidad internacional sobre el apoyo que, mediante la venta de armas, algunos países le estarían dando a las FARC, crearía las condiciones que justificaban el acuerdo con los Estados Unidos. Menos. Ningún resultado. Y finalmente, calculó que los reparos internacionales por el acuerdo militar, quedaría reducido a las condenas de Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador, pero sus vínculos con las FARC terminarían ahogados en sus propios reclamos. Y eso no pasó.

La reacción más dura vendría de quien menos esperaba. Los presidentes Lula da Silva de Brasil y Bachelet de Chile. En el marco de un encuentro bilateral, no sólo hicieron pública su preocupación por los acuerdos militares de Colombia con los Estados Unidos, sino que propusieron convocar al Consejo de Defensa Sudamericano, para tratar el tema de las bases militares estadounidenses en Colombia, en el marco de la reunión de Unasur que se llevará a cabo el 10 de agosto en Quito.

Frente a la propuesta, Colombia de nuevo se equivocaría en su reacción. El gobierno colombiano, hizo saber a través de su Ministerio de Relaciones Exteriores que el Presidente Uribe y su Canciller Bermúdez no asistirían a la reunión de Quito. La reacción no se hizo esperar. El Canciller de Brasil, Celso Amorím, para dar cuenta de la magnitud de las preocupaciones que tienen los países de la región por el tema, dijo desde Sao Paulo, que los misiles suecos son "un episodio de un tamaño pequeñito en comparación con las bases". Y para que no quedaran dudas pidió que el Acuerdo [militar con los EEUU], “sea mejor explicado” y sugirió que Colombia diera garantías a los vecinos sobre su alcance.

Las palabras de Amorim, cayeron como un balde de agua fría y pusieron el problema en otro escenario. Quizá con la excepción del Perú, para los demás vecinos suramericanos, la decisión de ceder bases militares a los Estados Unidos se había convertido en un factor de desestabilización regional. “Son tropas extrañas”, había dicho el Presidente Lula Da Silva en su momento. “Hablaremos con Obama”, reafirmó para hacer todavía más enfática su preocupación.

La petición de Lula y Bachelet, de que el asunto se discutiera en el Consejo Suramericano de Seguridad, ofrecía el escenario para que Colombia explicara amplia y suficientemente su decisión y los alcances del Acuerdo con los Estados Unidos. Como se recordara, Brasil y Chile se han convertido en los principales impulsores de este Consejo, por el margen de maniobra global que este instrumento les ofrece a los países de la región. Y para ambos era claro que, por sus dimensiones, la discusión del Acuerdo de Colombia con Estados Unidos no sólo justificaba la existencia del Consejo, sino que además ayudaría a institucionalizarlo como un mecanismo regional.

Pese a que la crisis política interna con la coalición de gobierno exigía su presencia, la presión de Lula y Bachelet fue tan fuerte, que terminó obligando al Presidente Uribe a emprender una gira relámpago por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay para explicar el “preacuerdo” con los Estados Unidos.

Con esta reacción es evidente que Uribe busca reducir las presiones de Chile y Brasil, para que Colombia comparezca ante el Consejo Suramericano de Seguridad en donde, además quiere evitar el tener que dar explicaciones a Chávez y Correa. Sin embargo, la apuesta es muy riesgosa. Con la salvedad del Perú, Colombia no tiene ninguna garantía de que los demás países de la región, a pesar de que se puedan declarar satisfechos con la explicación, estarán dispuestos a obviar la discusión del tema en el Consejo Suramericano de Seguridad.

Por eso no debería extrañar que de la reunión de Quito, se produzca uno de dos escenarios:

Escenario 1. Que los miembros del Consejo Suramericano de Seguridad decidan hablar directamente con el Presidente Obama, para expresar su preocupación por las implicaciones de las bases en la estabilidad regional, buscando un compromiso directo del gobierno estadounidense con los miembros de Unasur, sobre los alcances de su presencia en Colombia.

Escenario 2. Que los países miembros se declaren en alerta por la presencia de tropas extrañas en el continente y presionen una reacción de los Estados Unidos. Es demasiado grande el peso que en este momento tienen los países suramericanos y sus relaciones con países como Rusia y China y es muy fuerte el liderazgo de Brasil, como para forzar una decisión estadounidense.

Lo único cierto hasta ahora, es que la decisión de Uribe de excluir a Ecuador y Venezuela de su ronda de explicaciones, va a llevar a escalar mucho más las tensiones de Colombia con sus vecinos. Y que, en consecuencia, no será extraño que los Presidentes de Ecuador y Venezuela anuncien duras medidas contra Colombia, haciendo todavía más compleja la situación. Duros serán los tiempos que se avecinan para la política exterior colombiana. Nunca el país había estado contra las cuerdas como ahora.

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