David Felipe Arranz | Lunes 17 de agosto de 2009
Julián, sé que me estás escuchando allí donde tiempo ni muerte esperas, en el reino del reposo. Desde allí, inmortal, nos contemplas a todos con tu persona gallarda, descansando tus huesos en ceniza desatados, siempre triunfante. Siempre tú, escudriñándolo todo con tus ojos, ora verdes, ora azules, según tu ánimo o la luz que los bañara. Dicen que te has ido porque ya no tenías un hueco, pero yo te digo que no es verdad, que fue tu alta virtud contra los fuertes la que al cielo le hizo pensar que te necesitaba. “Quiero un ángel más”, pensó San Pedro el día 3 de agosto a las 22:10 al señalar con el dedo a Asunción, que hay que ver también qué caprichos se les antojan allá arriba. En España la madrugaba del 4 aullaba rabiosa y te sentí huir con levedad de sábana, hacia lo alto.
No es que te haya vencido el brazo de la muerte, sino que has triunfado del brazo de la vida. Porque eso es lo que has dado a todos los que nos hemos acercado a ti y hemos hallado ese alimento: vida. Recuerdo que en 1998 me contagiaste la magia de la radio, en el mítico programa “La Espuela” de la desaparecida Radio España y que reflotaste remozándolo por completo. Allí, cada noche, un grupo de geniales contertulios y colaboradores analizaban la actualidad con desparpajo según la ibas convocando a la mesa y fue allí donde me pilló desprevenido definitivamente el veneno del periodismo y la escritura. Era para ti, como me dijiste, “un lugar de encuentro con unos amigos con los que hablo en voz alta cada noche, con un sentido relajado, con humor”, además de una tertulia “donde no se pontifica, donde no creemos que haya una verdad absoluta; como máximo, tenemos verdades de cinco minutos”. Quién puede resistirse a ello, a esa promesa de periodismo aventurero y burlón mientras la oligarquía política cambia de chaqueta, demasiado sucia para seguir engañando y enseñando mediocridades.
Aprendí de ti que en la vida se tiene que mezclar todo, opinión y noticia, pues, como a ti te gustaba decir, iríamos si no hacia un estado químico de cuerpos puros; y también gustabas de afirmar que al receptor los periodistas le tenemos menos consideración de la que se merece: “Cada columna o cada información de un periódico o de un medio audiovisual no tiene que llevar un sello seco para que el espectador o el oyente lo distinga; le tenemos muy poca consideración: ni que fueran imbéciles”. Confiabas mucho, a través del verde esperanza de tu iris, en la buena gente, la que regeneraría la hediondez de esta tierra, con la que te reuniste en la selva paraguaya con la intención de construir esa escuela donde ibas a ejercer de maestro, el mejor que hubieran tenido los niños de aquellas tribus de Caaguazú, a los que llevabas a comer y comprabas pares de zapatos porque iban descalzos por la calle. “Voy a hacer que aprendar a leer a todos los niños de Paraguay. ¿No me crees capaz?”. Montañas de tus libros –historia, narrativa, poesía– y otros nuevos esperan a ser abiertos bajo una lluvia ingrávida y nocherniega.
También te gustaba decirme que si la opinión es algo mutable, había que relativizar su importancia, ya que “es tu opinión, es tu verdad, pero no es una opinión absoluta” y recordabas aquellos versos de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. Siempre te gustó la poesía, Julián, y escribiste unos hermosos versos, algunos vertidos en los moldes de Un hombre solo. Porque creías que la objetividad es imposible y que quien decía lo contrario mentía como un bellaco: “Lo que no es imposible es la honradez”. Ahora te costaba comprender a las nuevas generaciones de informadores, cuando te hablaba tanto de mis aventuras con alguna que otra periodista muy profesional e impasible: “Nadie puede estar explicando de una forma fría y neutra lo que ocurre, porque si lo hiciéramos, seríamos máquinas sin sentimientos, sin formas de ver la vida, sin maneras distintas de soñar”. Cuánta ilusión puesta en la vida, Julián, en una materia que no pesa.
Parecías estrenarlo todo, contemplarlo todo por vez primera con ojos nuevos, de ti mismo renovado y mezclando alegrías y angustias: “Todo lo que es arbitrario funciona en comunicación, nada que sea aséptico. Para eso están las agencias de prensa. Nada que se presente de una manera fría y ecléctica emociona”. Antes de partir a Paraguay, me decías insistentemente que la vida “sin la mujer, sin el amor, sin la pasión y sin los sueños no sería poesía”. Tomo nota de tus afectos desmedidos y pienso en mares y cielos, en otros amores que vuelven, rosas y azules, y después se van dejando un rastro, siempre embriagado, de triunfos y derrotas.
Te digo que según fue tu vida de generosa, ahora pisas estrellas, si es que acaso no eres ya una más del firmamento. Marchando sobre el mundo sin mancharte, porque ahora los zetapés y los rajoys te parecen infinitesimales. Mereciste reinar en nuestros corazones, Julián, y lo alcanzaste, pues según fue tu hado reinaste al punto que naciste, hecho Julianín, hombre niño que jugaba a ser periodista en la calle de la Loza, en aquel Valladolid de posguerra, donde vendías a peseta la revista Biscúter hecha por ti. Los tebeos leídos, las excursiones a la oscuridad de la solana en busca de extraños objetos rescatados del pasado... Los primeros besos robados en la rosaleda del Pisuerga tras romper el cristal de la indiscreta farola. Lo demás, lo mejor y lo peor, vino después –a renglón seguido tu esperada entrevista diaria “Tres minutos” en El Norte de Castilla y tus charlas con José Jiménez Lozano, Umbral y Delibes– y a buen seguro que siempre echaste de menos aquella infancia feliz junto a tus padres, hermanos y abuelos –Baltasar y Felipa–, que no parabas de rememorar, mediante anécdotas y chistes que intercambiabais –“¿En qué se parece un cocido a media docena de nécoras? En que las nécoras son moluscos y los garbanzos moluscumemos”—, además de disfrutar todas las lecturas que te influyeron, devoradas a solas en la librería familiar: Dante y las ilustraciones de Doré, Cervantes, Shakespeare, Lorca, Kipling, etc. Luego Barcelona, Madrid, Valencia, Salamanca… Y echabas a reír desaforadamente, como cuando eras pequeño, con esa picarona inocencia y desapego que jamás te abandonó y a que a muchos, junto a tu profesionalidad, incontables éxitos e infalible intuición y habilidad para destapar y derribar con la pluma a políticos y financieros soberbios, les valió para envidiarte o admirarte.
Esas fueron tus dos Españas particulares a las que transparentabas con tu mirada que no oprime y a algunos desvela. “Muchas mañanas me levanto, y no acierto a dar con la explicación que tiene todo lo que me rodea, salvo que es a veces una farsa y otras una tragicomedia”. Ya has encontrado esa explicación última, ya has encontrado la Verdad que durante toda tu vida perseguiste. Camino de puntillas en el alba y me siento a escribir y a pensar que ya no podré reunirme contigo a reír ni oír tu voz. Y sin embargo miro a la actualidad de este mundo, un orbe que se ha hecho orate rabioso y es incapaz de ejercer la autocrítica.
La vida de acá tuviste por sueño y tal vez sueño es la muerte. Allá lejos, en la selva, tu sangre sigue yendo y viniendo, sembrando de ilusiones y esperanzas aquella región… y tu paseo por las nubes ya no conocerá fin. Porque, como la Verdad, sobrevives; y el vivirte con tanta honestidad, ahora que me has matado ya el sueño, se abre como un reto transido de un recuerdo y una memoria hechos ríos de tinta.
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