Opinión

Todo sigue igual en la Argentina

Enrique Aguilar | Miércoles 19 de agosto de 2009
Como si los comicios legislativos del 28 de junio no hubieran tenido lugar y una holgada mayoría no se hubiese pronunciado en contra de los Kirchner, la Cámara de Diputados dio media sanción al proyecto que prorroga por un año el otorgamiento de facultades delegadas (nunca mejor llamadas “superpoderes”) que, entre otras cosas, permitirá al Ejecutivo continuar fijando retenciones a las exportaciones agropecuarias.

Es cierto que el recambio legislativo se producirá el 10 de diciembre, lo cual significa que hasta entonces el kirchnerismo tendrá en principio asegurada su hegemonía. Sin embargo, quizá por un exceso de ingenuidad, algunos pensamos que la razón podía anticipadamente revocar lo que venía siendo obra de la sumisión incondicional de los legisladores. Pensamos, en efecto, que el mensaje de las urnas sería medianamente escuchado, que la independencia de criterio finalmente triunfaría y, sobre todo, que la oposición se pondría de pie.

Todo indica que la Cámara Alta terminará por consagrar la norma, con el apoyo de unos cuarenta senadores. No habrá ruptura, pues, sino continuidad. El gobierno y sus acólitos parecen ir por un lado. El país real por otro. Mientras tanto, nadie sabe dónde está la oposición y son muchos los analistas que se preguntan por las razones de su parquedad. Justo cuando era el momento de alzar la voz y capitalizar con discursos y gestos la confianza recibida en junio. Al parecer, también en el seno de la oposición hace falta un mea culpa y un mínimo de grandeza que permita superar las suspicacias, los narcisismos y, en general, esas cuestiones personales que, como nos decía Ortega en 1939, tienen paralizadas las potencias espirituales de este país.

La sociedad argentina, por su parte, se ve resignada y asiste pasivamente a un espectáculo lamentable, el de nuestra política, que se debate entre la estatización del fútbol, la inflación en aumento, los escandalosos índices de pobreza, la inseguridad que acecha a cada esquina y un futuro para nada promisorio, de la mano del comandante Chávez y de algún otro prócer extemporáneo.

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