Viernes 21 de agosto de 2009
Durante los primeros años del Gobierno Zapatero se decía que Partido Popular y Partido Socialista habían desdibujado sus diferencias por lo que se refiere a la política económica. Lo que ocurría, en realidad, es que esas diferencias permanecían latentes, pues Rodríguez Zapatero, en verdad, nunca se preocupó por la economía. Cuando la crisis sacó al presidente de su letargo económico, Rodríguez Zapatero ha dado a conocer su escueto y radical manual de política económica. Ahora ya conocemos cuáles son, de nuevo, las diferencias entre los partidos mayoritarios.
Zapatero, pura y simplemente, tira de gasto público. Este comportamiento cuadra con dos cosas. Por un lado, para él todo es política, y su visión de la misma es eminentemente cortoplacista. El gasto público crea una euforia inmediata, pero sus perniciosos efectos llegan más tarde, aunque de forma inexorable. Por otro lado, justo antes de las elecciones de 2008, cuando en el Gobierno ya sabían que se avecinaba una crisis económica, Zapatero observó que nuestro endeudamiento estaba en niveles históricamente bajos. El aumento del gasto público ayudaría a luchar contra la crisis, pensaba, y además cuadra con el discurso socializante que mantiene.
Dicho de un modo sencillo, accesible y, al mismo tiempo, cierto, al gobierno de Rodríguez Zapatero se le ha ido la mano. Si la deuda pública no llegaba al 40 por ciento del PIB cuando salió reelegido, a finales de este año superará el 50 por ciento. Nos encaminamos pavorosamente a niveles que nos retrotraen a los años de Felipe González y todo indica que los superaremos.
La deuda pública no es sólo un apunte contable o una magnitud macroeconómica sin mayor relevancia para las familias. El Estado está detrayendo recursos que, de otro modo, serían utilizados por empresas y familias de forma productiva. A la financiación que acapara el Estado no puede acceder la empresa privada; una realidad especialmente dura en este momento en que el crédito menguante ahoga a numerosas empresas.
Por si ello no fuese poco, llega un punto en que la credibilidad de pago del Estado Español comienza a decaer. Los dueños del capital empiezan a desconfiar de nuestra economía y de la capacidad del Estado de hacer frente a sus obligaciones. La calificación de esa deuda por parte de las agencias de rating corre el riesgo de emborronarse. Así las cosas, al Estado le costará encontrar quien le preste el dinero que necesitará en sucesivas financiaciones y, si lo logra, será a costa de un mayor tipo de interés.
Esta deriva sólo se puede parar rebajando el gasto público y aumentando los impuestos. Pero Zapatero no pasa por revisar su estrategia de gasto de un modo tan radical y menos a medida que se acerquen las elecciones generales. Le queda el recurso a los impuestos: y ya se está preparando el camino con ese anuncio de subírselo a “los ricos”.
Si el gasto público detrae recursos de la economía productiva de un modo indirecto, los impuestos lo hacen por vía expeditiva. No se conoce esa escuela de pensamiento que proponga un aumento de los impuestos en plena crisis económica, pero José Luis Rodríguez Zapatero, en ocasiones, parece inmune a cualquier pensamiento racional…en economía, claro, porque en política lo tiene muy claro: incrementar su poder: una idea que también es racional pero muy inconveniente para la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Sin embargo, esta huida hacia delante de gasto público y subidas de impuestos no está dicho que le favorezca electoralmente. Es más, podría volverse en su contra; especialmente cuando veamos a nuestros vecinos salir adelante y nuestra economía permanezca estancada. Será una comparación enojosa difícil de justificar. Pero lo peor no es el devenir político de su gobierno o su partido, sino el de millones de familias que se encuentran atrapadas por la situación económica y no encuentran en el Gobierno la respuesta adecuada.
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