reseña
Viernes 21 de agosto de 2009
“Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión de la que partí) de que las especies no son (es como confesar un asesinato) inmutables”. (Charles Darwin)
“Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión de la que partí) de que las especies no son (es como confesar un asesinato) inmutables”. (Charles Darwin)
En 2009 se celebra el segundo centenario del nacimiento de Darwin, y lo que es más importante, el siglo y medio de la publicación de El origen de las especies. Juan Luis Arsuaga, catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid, nos ofrece el pensamiento de Darwin a través de algunos textos seleccionados, que sintetizan lo fundamental de su pensamiento.
La curiosidad incansable de Darwin le formó como un observador y experimentador que no se detuvo ante la apariencia que nos ofrece el sentido común, descubriendo las leyes que rigen el mundo tras los datos y hechos que las encubren. Frente al desesperanzador caos de un territorio desconocido, perseveró hasta desvelar el secreto de nuestra propia existencia.
El Reloj de Mr. Darwin es una fascinante aventura que trascurre desde la literatura de los viajes de Darwin, que le sirvieron de laboratorio natural para su teoría de la evolución, hasta los principios fundamentales de la evolución, que hacen de la selección natural, el mecanismo que conduce al ser humano. La imagen del árbol de la evolución es su gran herencia, un árbol ramificado sin guía ni tronco principal, legándonos la idea de comunidad de origen, de parentesco entre todas las formas de vida, ya que como dice el último párrafo de El origen, “la vida tiene una raíz única (o unas pocas), que es muy remota en el tiempo”.
Juan Luis Arsuaga nos enseña el mecanismo de la vida, un mecanismo compuesto por la “variación accidental” (azarosa, no inducida y sin ninguna dirección preferente) y la lucha por la supervivencia (con una dirección clara, porque favorece a unos y perjudica a otros), acercándonos al misterio del “origen” del origen.
Por Joaquín Fernández Mateo
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