Opinión

Al salir de la cárcel

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 21 de agosto de 2009
Madrid, a 21 de octubre de 1940

Querida Madrina:

Al salir de las angosturas de la cárcel y enfrentarme al aspacio abierto que me brinda la capital de España he sentido un mareo semejante al que experimenta quien se embarca por primera vez y contempla el espacioso mar desde la cubierta del barco que le lleva. La vida no se puede vivir de oídas, imaginada gracias a los preciosos libros, dulcísima y angelical Madrina, que me enviabas a la cárcel, y que gracias a ellos pude sustituir la vida real (horrible) por la vida imaginaria (maravillosa, tanto en los libros como en tus cartas). La vida en libertad hay que vivirla como un tesoro, personalmente. Las largas avenidas, los monumentos históricos y los museos me han impresionado especialmente. Tanto tiempo palpando las estrecheces de una cárcel me tenían como sumido en la oscuridad del hombre primitivo, incapacitado para concebir las grandes realizaciones humanas en el orden de la arquitectura y la urbanización. Tan espacioso como el mar y sin un pez a la vista. Ésta ha sido la realidad que siguió a mi pasmo de la primera impresión.

Me siento inmensamente feliz por haber sido admitido en calidad de mecanógrafo administrativo en el periódico de tu hermano. Lo que pasa es que dada mi clara torpeza en este trabajo se ve en seguida que mi puesto responde sólo a un enchufe –el enchufe recibido de mi Reina-Madrina-. Sé muy buen, Madrina, que muchos otros mejor que yo se merecen mil veces más el puesto que yo milagrosamente ocupo. Pero espero que con mi esfuerzo llegue a conseguir poco a poco que mi puesto adquiera cierta eficacia, eficiencia, y funcionalidad, lo que hará que pueda ser definido como un trabajador digno. Pero por el momento sólo soy un trabajador “enchufado” y poco eficiente. Ahora bien, me encanta pasar al formato propio de las columnas del periódico las colaboraciones de nuestra adorable Concha Espina, las del jovencísimo y prometedor Camilo José Cela, las de Esplandiú, las de Álvaro de la Iglesia, las de Torres Blanco y, naturalmente, las del jefe, Víctor de la Serna.

Y ahora quiero hablar de ti: desde la época de los funerales de tu padre, Ramón de la Serna, no te había vuelto a ver, y debo confesar que durante estos casi tres años de prisión yo te había recreado a través de lo que leía en tus preciosas cartas. Gracias a aquellas cartas que sé de memoria la cárcel se me antojaba como una jaula de oro visitada por los ángeles del Cielo. Afortunadamente yo te escribía sin pasar por la censura, ya que nuestro amigo el capellán era quien remitía mis cartas y recibía las tuyas directamente (nuestra relación tenía algo de shakesperiano). Recibir cartas de una linda señorita, criatura extraordinaria, premiada ya con el Premio Mariano de Cavia e hija de la mejor escritora de España era para mí un sueño, lo hubiera sido para cualquiera. He llegado a pensar que ambos estábamos necesitados de consuelo espiritual. ¡Qué alma la tuya, Santo Dios! ¡Sólo los ángeles pueden tener almas como la tuya! Leyendo las cartas de ambos el capellán esperaba que se produjera el milagro de mi vuelta a la fe que había perdido con los horrores de los primeros meses de guerra, y rezaba fervorosamente para que se consumara. A falta de no tener cerca tus manos celestiales, besaba todos los días los libros que me enviabas, los de Eça de Queiroz, el de Ruben Darío, el de Juana de Ibarbourou. En fin, el rostro triste por las circunstancias que yo recordaba lo había engalanado con las mejores formas estéticas de mis sueños, pero la realidad se impuso mucho más bella ayer que mis imágenes mentales. Cuando te vi, Madrina, estuve a punto de marearme, trastabillar y dar con el rostro en el suelo. Toda la patología amorosa que describe tan bella y certeramente Safó en su famosa Oda tomó cuerpo en mí. Tu belleza es la más alta belleza que han visto mis ojos, y cuando tu mirada se posa en mí me anonada, como se anonada el más vil pecador ante la presencia de Dios, de una Diosa espléndida, en este caso.

Tuyo para siempre,

Luis

TEMAS RELACIONADOS: