Opinión

Bajo las cuerdas

Montse Fernández Crespo | Viernes 21 de agosto de 2009
Recuerdo con sabiduría y experiencia vivida, los años de internado. Esos momentos del no esto y no lo otro y lo de más allá. Del NO a nada. O a todo. Porque el conjunto era un continuo no hagas o no puedes hacer esto, ni lo siguiente, ni nada que tú imagines por tu cuenta y riesgo.

He crecido. Continúo encerrada, a mis x años, en un espacio más grande –o con más kilómetros de recorrido, amplitud tangible, según la relatividad con que se mire-. Siendo adulta –si es que eso significa algo- se empeñan en delimitarme.

Baste con fijarnos en los últimos acontecimientos. Primero fue la prohibición de fumar en la mayoría de los lugares públicos y con ella la eliminación de puntos de venta tradicionales como gasolineras o la planta baja del mismo Corte Inglés. Luego, las sanciones y medidas reeducadoras de la nueva Ley de Seguridad Vial y el venerado carnet por puntos. Ahora de nuevo, la ampliación de la Ley Antitabaco que persigue prohibir, siguiendo la estela de la Europa del bienestar, el consumo de tabaco en todos los establecimientos públicos incluidos aquellos que hasta ahora constituían un refugio de fumadores.

Y tenemos más. Más ejemplos de prohibiciones, de límites, de nuevos métodos de control que empiezan a recordarme el argumento de la película “Enemigo público”. Me refiero en este caso concreto a los sistemas de rádares que controlarán la velocidad a la que un vehículo atravesará un túnel con sólo anotar su minuto de entrada y, posteriormente, el de salida. ¿Con qué fin? Caben varias posibilidades: adoctrinamiento, castigo, multa o salvaguarda, entre muchas otras.

¿A cambio de qué? ¿Merece la pena soportar tanta vigilancia y constricción?
No es el fin, sino los métodos. No sirven bien, carecen de eficacia, molestan.

Podría hablar del significado de Libertad, del de Seguridad, del concepto de Estado, de la pérdida del sentido de Comunidad. Pero dejaría de hacer opinión para rendirme al academicismo. Porque al apuntar, una detrás de otra, todas las medidas que los gobiernos bien aconsejados ponen en marcha para salvaguarda de sus ciudadanos, me surgen suspicacias, ese empeño en el pensar mal y acertarás: el afán de controlar a la masa, por un lado, y el peso de los intereses de grandes corporaciones, por otro. Me suceden, frente a la esperanza de un desarrollo ideal una serie de sensaciones contrarias como el miedo a la desobediencia, al levantamiento, y la codicia de tartufos y avaros disfrazados de soluciones tecnológicas o de falso progreso.

Bien entiendo que mi libertad termina donde empieza la del otro. Pero me cuesta aceptar tantas imposiciones, algunas por su carácter peregrino y otras por parecerme una friega de legislatura. Nos vence la cultura del miedo –basta con analizar periódicos y noticiarios- y, a favor de esto, cualquier actitud que parezca restarlo –pobres de nosotros, sin el Gran Estado, desvalidos- será bienvenida. Dejamos de ser autosuficientes, de confiar en nosotros mismos y en el otro, abdicando la decisión de nuestra propia responsabilidad en manos de un poder cada vez más ajeno y extraño. Y arropamos toda la serie de limitaciones confusas que se nos impongan, pensando que es límite a otros, a esos que sólo viven para aniquilarnos. Nos sentimos, con tanta norma, un poquito más a salvo.

Nos creíamos libres pero el miedo nos va convirtiendo en esclavos.

PD: En las nuevas condiciones, una vez que los poderes establecidos han perdido el interés en la supervisión y control de la rutina y prefieren fiarse de la endémica falta de autoconfianza de los subordinados, las limitaciones que restringen la libertad de éstos no se han hecho sensiblemente más laxas; la dominación desde arriba, como señala Sennett, se ha hecho amorfa sin perder nada de su vigor. (Comunidad, Zygmunt Bauman)
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