Opinión

El resentimiento del PNV

Domingo 23 de agosto de 2009
Por primera vez en mucho tiempo, la celebración de la Semana Grande de Bilbao no ha estado dominada por los nacionalistas radicales, que han visto dificultados sus intentos de actuación por la Ertzaina que, este año sí, ha hecho lo posible por que imperase la normalidad. Ello ha significado que la policía autónoma vasca ha retirado cientos de carteles alusivos a ETA y fotos de terroristas de los espacios públicos, y que haya disuelto -como era su deber, por otra parte- las concentraciones en apoyo al terrorismo que previamente habían sido prohibidas por la Audiencia Nacional. Y claro, nada de esto ha gustado al PNV. Uno de sus dirigentes más autorizados y representativos, Joseba Eguíbar, manifestaba su profundo malestar ante lo que considera “ataques españolistas”, al mismo tiempo que amenazaba con que el nacionalismo no permanecerá impasible ante semejante “ofensiva”.


La “ofensiva” en cuestión a la que alude el señor Eguíbar no es otra que la de hacer cumplir la ley, como por ejemplo, actuar ante una concentración ilegal y no cruzarse de brazos, como ordenaba el PNV cuando estaba en el poder. Esa misma inactividad forzada de la Ertzaina también se producía cuando los radicales quemaban contenedores o arrojaban todo tipo de objetos a quien se les antojase. Ahora no. La policía interviene cuando ve que se conculca la legalidad, cosa que antes no sucedía. Y vela por que en suelo español ondee la enseña nacional y constitucional en edificios oficiales, como marca la ley; ley que, hasta ahora, tampoco se cumplía.


Había tantas carencias democráticas en Euskadi que hechos tan normales como que un pueblo pueda lucir en su casa consistorial las banderas correspondientes o que sus fiestas patronales se celebren sin novedad alguna parecen ahora excepcionales, cuando no deberían serlo. Gran parte de culpa la tienen el nacionalismo mal llamado moderado y un importante sector del clero vasco, ya que nunca han mostrado la más mínima intención de diferenciarse de aquellos con quienes compartían objetivos secesionistas, por más execrables y violentos que fueran los medios empleados para ello. Antes al contrario, radicales y moderados, con la aquiescencia de más de una parroquia, han mantenido y mantienen una sintonía doctrinal peligrosamente cercana. Quienes no estuvieron de acuerdo, como Josu Jon Imaz o José Angel Cuerda, tuvieron que irse por la puerta de atrás. Quizá sea ahora el momento de que el PNV empiece a reflexionar sobre los nuevos tiempos que corren y vea si le interesa seguir en el monte o tomar de una vez por todas la senda del sentido común. En sus manos está. Porque es evidente que, en ningún país democrático de nuestro entorno, se toleran manifestaciones y concentraciones, carteles y pancartas, nombres de calles y plazas ensalzando asesinos y propagando el terrorismo, como si de una forma normal de hacer política se tratara. No se trata de fines, sino de medios que conculcan la libertad de los demás. Aunque se lamente, nadie objeta ni prohíbe pronunciamientos secesionistas. La violencia, por el contrario, es intolerable. Y el Estado democrático debe ocupar el espacio público para garantizar las libertades.