Opinión

Medea vuelve a Mérida

Concha D’Olhaberriague | Martes 25 de agosto de 2009
El Festival de Teatro Clásico de Mérida ofrece una vez más –y ya van dieciséis- la tragedia de Eurípides Medea, una de las más representadas en el veterano escenario, el imponente teatro romano de la capital de Extremadura.

Con esta obra, aunque en la versión de Séneca traducida por Miguel de Unamuno, se inauguró el festival en 1933. La protagonista fue nada menos que Margarita Xirgu.

Al jubilarse de su cátedra de Griego de Salamanca don Miguel, un año más tarde, se volvió a escenificar su traducción en otro lugar excepcional, la plaza de Anaya de dicha ciudad. Actrices célebres tales como Nuria Espert –varias veces-, o Montserrat Caballé –la Medea operística de Luigi Cherubini-, han encarnado a la trágica heroína dentro de los festejos emeritenses, y ahora toma el relevo Blanca Portillo, versátil y capaz de meterse con dignidad y buenhacer en un papel desternillante de Jardiel Poncela o emular a la asfixiante y chantajista alumna de un drama de David Mamet.

Aún no he podido ver la nueva Medea y el programa no aclara si la obra es la del poeta ateniense, la réplica senequista, una fusión de ambas o, tal vez, una nueva redacción inspirada en el mito clásico; junto al nombre de la tragedia no figura autor alguno, y en versión se indican los del director, Tomaz Pandur, Derko Lukic y Livia Pandur.

Quizá piensen los responsables que tales precisiones no importan al público. Se equivocan. Es una cuestión de cortesía; y yerran igualmente los directores que, por encima de todo, se las ingenian para que se hable de su montaje o de sus golpes de efecto antes que de la pieza. Yo preferiría que se esmeraran en potenciar la hondura y la belleza del texto y optimizar el trabajo de los actores.

Últimamente, los griegos, por razones que desconozco, aparecen con indumentaria mussoliniana. Sin duda hay distintas maneras de interpretar a los clásicos. Pero la hechicera y bárbara (extranjera) Medea -su patria es la Cólquide,fuera de la Hélade- pertenece a un mundo lejano, el de los griegos, y, a la vez, su pasión desenfrenada y el despecho filicida por la ingratitud del perjuro Jasón, a quien ayudó en su empresa en pos del vellocino de oro, provocan aún un latigazo moral ambivalente y contradictorio, de pavor y de piedad, es decir, de auténtica raíz humana. Si no fuera así, estaría de más volver a estas obras.

Dejemos luego que cada uno de los espectadores establezca, si le place, las analogías que sean y no insistamos en que es una mujer actual y disparates de ese jaez.



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