José Luis Sanchís | Sábado 23 de febrero de 2008
Los indicadores del CIS que muestran la confianza de los ciudadanos en la política española subieron en 1996 (puntuados entre 1 y 100) sobre la cota 50 y se mantuvieron así en 1997; bajaron los años siguientes pero se recuperaron en el 2000, llegando en marzo hasta la cota 58. En 2001 y 2002 se situaron bajo la cota 50 y tocaron fondo en marzo de 2003 con una depresión hasta el 37,9. Tras las elecciones de 2004 hubo una subida de confianza espectacular hasta un 63,5 pero a partir de 2005 se bajó de la cota 50 y en los últimos meses de 2007 y primero de 2008 ronda la cota 44.
No cabe duda de que la democracia española y la política de partidos hinca sus raíces en situaciones sin política o con enfrentamientos políticos trágicos. En España se ha dado en verdad el diagnóstico que hace Isaiah Berlin en su libro póstumo "Que es la libertad": "Las pugnas de individuos, grupos o comunidades por obtener libertad por lo general se conciben como intentos de individuos particulares por destruir o neutralizar el poder que, poseído o utilizado por algún otro individuo o grupo de personas, los limita para llevar a cabo sus propios deseos".
Lo había dicho al menos con la misma perspicacia política Nicolás Machiavelo en 1514 en "Discursos sobre la primera década de Tito Livio": "Cuando los hombres buscan no temer, empiezan a hacer temer a los demás; y la injuria que sacuden de sus hombros la hacen caer sobre los demás, como si no hubiera más remedio que ofender o ser ofendido".
Pareciera que los españoles somos un ejemplo paradigmático de esta antropología pesimista que no sabe otra cosa que ofender o ser ofendido y que ya definía Plauto hace más de dos mil años así: Lupus est homo homini, non homo quondam qualis sit non novit ("lobo es el hombre para el hombre; y no es hombre, cuando desconoce quién es"). Thomas Hobbes, en el siglo XVII, resumía esto en Leviathan en su frase homo homini lupus ("el hombre es un lobo para el hombre").
Las dos Españas han sido una realidad confirmada por el pensamiento y por los hechos. Y no es el problema la coexistencia de la tradición y el progreso, la mirada al pasado y el proyecto de futuro, los conservadores y los revolucionarios, sino que el problema español es el del enfrentamiento como idiosincrasia. Los valores de unos y de otros son legítimos pero la desnaturalización antropológica y política se produce cuando la defensa de los mismos consiste en el ataque a los del otro.
Quiero reconocer expresamente como excepcional la conclusión de Pedro J. Ramirez al analizar el liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy. Aunque lo haya hecho en la perspectiva electoral, lo considero como la mejor filosofía de la democracia y como la solución para la mejora de la política española. Escribió Pedro Jota que ganará las elecciones el que de los dos sea más capaz de asumir las cualidades del adversario.
Es posible que las raíces de la característica bélica de la política española sean muy profundas y se alimenten de divergencias importantes en nuestra evolución contradictoria antropológica y en los enfrentamientos institucionales históricos pero los políticos tienen la obligación de profundizar la transición hacia un pluralismo real democrático de convivencia tolerante en vez de utilizar demagógicamente los instintos lupinos. Tiene uno a veces la tentación de traducir la frase de Hobbes como politicus politico lupus ("el político actúa como un lobo para otro político").
La crispación política ha llegado en los últimos años a niveles inapropiados para la democracia. Si es verdad que responde a tensiones sociales puede haber ido mucho más allá de las medidas en que se enfrentan los ciudadanos. El ejemplo de los políticos retroalimenta las tensiones existentes en vez de ayudar a mitigarlas. Y los ciudadanos juzgan duramente a los políticos porque se juzgan seguramente a sí mismos y a un país como España que tiene como elemento esencial de su personalidad ser enemiga de sí misma, para lo que se ha fabricado la ficción de las "dos Españas" que posibilita el enfrentamiento eterno de españoles contra españoles.
La política es mal vista por los españoles como se ve desde hace tiempo la guerra civil, pero sin ser plenamente conscientes de su característica de enfrentamiento parabélico que no puede sacudirse los traumas del pasado, unos lejanos y otros remotos, pero que siguen marcando los comportamientos políticos. El psicoanálisis del comediógrafo latino Plauto hace 2.200 años podría ser una buena indicación para mejorar la calidad y valoración de la política española: el hombre se comporta como lobo "cuando desconoce quién es" (quondam qualis sit non novit).