Sociedad

¿Es posible acabar con el botellón?

problema social generacional

Sábado 29 de agosto de 2009
Famoso por sus excesos, la suciedad y el ruido, el botellón sólo acumula mala fama, al igual que la gente que lo practica, jóvenes y no tan jóvenes que buscan su lugar en la sociedad. Muchas son las medidas que las autoridades ponen para frenar los problemas que provoca, pero no parecen encontrar una solución.

El botellón, un problema que afecta tanto al que lo practica como al que no (pero lo sufre), sigue de actualidad. Quizá la necesidad de encontrar una alternativa a los desorbitados precios de los bares de copas es hoy más fuerte que nunca. Puede también que mantener a raya a los jóvenes se haya convertido en una necesidad para los ayuntamientos.

En cualquier caso, lo cierto es que, por poner un ejemplo, el número de multas por beber en la calle en Madrid en lo que llevamos de año ascienden a 36.106, y, de seguir así, 2009 se va a convertir en el año con más botellones frustrados del último lustro.

La historia del botellón, aunque parezca reciente, viene de lejos. Incluso se podría decir que está presente en la idiosincrasia de nuestro país. Las fiestas populares, tan típicas del carácter ibérico, son una buena muestra de ello. Pero la extensión del uso y costumbre por parte de la población más joven de beber en la calle lo pone en el punto de mira de las autoridades.

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La popularización del fenómeno y el crecimiento de las críticas y las presiones sociales llevó a la Comunidad de Madrid en 2002 a aprobar la Ley de Drogodependencias y Otros Trastornos Adictivos, conocida como la "Ley Antibotellón", que prohibía el consumo de alcohol en la calle. Una Ley con vocación de solucionar el malestar de los vecinos que sufrían los botellones y, presumiblemente, la ingesta masiva de alcohol como nueva forma de relación social entre los jóvenes. O lo que es lo mismo, conjugar el derecho al descanso de los mayores, con el derecho al ocio de los jóvenes.

Pero a tenor de las últimas cifras, la Ley es infringida cada fin de semana por cientos de jóvenes de toda España. En Madrid, se han impuesto en lo que llevamos de año, una media de 170 multas al día, y el número de infracciones no ha dejado de crecer desde que se aprobó la polémica Ley.

Jesús Hernández Aristu, profesor titular de la Universidad pública de Navarra y experto en pedagogía social opina: "La Ley es un fracaso desde el principio. Solucionar los problemas sociales con métodos represivos no funciona. Los jóvenes no son un factor de molestia, hay que intentar integrarlos en la sociedad, no aniquilarlos".

Porque, realmente ¿nos encontramos ante un simple problema de convivencia entre "botelloneros" y vecinos o ante un problema de salud social más profundo? Los residentes de las zonas de botellón se quejan de la suciedad, del ruido, de las aglomeraciones y muchas veces de la pasividad de las fuerzas del orden. Por contra, los jóvenes se quejan de persecución policial, de incomprensión y de la casi prohibición de su derecho a reunirse en la calle.

La dejadez y falta de limpieza de los jóvenes que hacen botellón es una de las protestas más habituales de los detractores de este "ocio" juvenil. La mañana siguiente a la "gran noche", los vecinos de los inmuebles próximos o situados en la misma zona de reunión, se levantan con botellas tiradas por la calle, bolsas de plástico, resto de vasos y comida, portales orinados... Como solución, los ayuntamientos han creado programas de ocio nocturno alternativo, como talleres, la apertura de polideportivos en horario nocturno, cursos, etc, para intentar que se elimine, o por lo menos se modere, el consumo de alcohol por parte de los jóvenes. Y también han habilitado espacios controlados, alejados de los centros urbanos, para que los jóvenes puedan beber alegremente sin molestar a nadie.

Pero parece que estas actuaciones sólo alivian el problema de convivencia y se olvidan de la otra parte, de las necesidades de la juventud. "Los ayuntamientos juegan un papel muy importante prestando espacios propios a los jóvenes, con personal atento a sus necesidades, pero apartar de la bebida no es un objetivo educativo en sí mismo. El objetivo tiene que ser la integración", opina Jesús Hernández.

Intentar "sacar" a los jóvenes de la calle a toda costa, y como única medida, para que no molesten, no es una solución, porque "ser joven conlleva elementos de innovación, de salirse de la raya, de búsqueda de espacios propios", asegura el profesor Hernández. Y si la sociedad no les da estos espacios, ellos mismos se los buscan.

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Ante esta necesidad "estacional" de trasngresión, como búsqueda de identidad y de camino hacia la madurez, las autoridades acuden a la represión, a las multas. Al no poder controlar el problema, se sanciona, pero "los medios punitivos refuerzan el problema", afirma Hernández. La juventud ha encontrado en el botellón una forma de relacionarse socialmente, necesaria para su realización como personas, y la sociedad no está encontrando la forma de sustituirla por otra más sana y cívica.

Entonces, si las acciones con las que las autoridades intentan solucionar este problema no funcionan, a la vista del número de denuncias desde la entrada en vigor de la polémica Ley, ¿es posible hoy en día acabar con el botellón?: "eso es lo mismo que preguntar si se puede acabar la juventud. Y ¿qué futuro tenemos sin los jóvenes?" concluye Jesús Hernández.

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