crítica
Sábado 29 de agosto de 2009
A la espera de lo que nos depare el estreno, cada vez más próximo, de Ágora, último trabajo de Alejandro Amenábar, lo cierto es que este año se está convirtiendo en el de la decepción ante los nuevos trabajos de nuestros cineastas más reconocidos. Ocurrió primero con los Abrazos rotos de Almodóvar y este viernes ha llegado a la cartelera Mapa de los Sonidos de Tokio, el comentadísimo nuevo filme de Isabel Coixet, que, por desgracia, tampoco supone un paso adelante en su carrera, sino todo lo contrario. Otra oportunidad perdida para que el cine español se gane ese respeto de un público al que acusa de preferir las películas norteamericanas y, por supuesto, la recaudación de taquilla necesaria para que deje de producirse únicamente a golpe de subvenciones del Estado.
Y es que con su último trabajo, al que la realizadora catalana califica, además, como la más dramática de todas sus películas, será difícil que llegue a convencer ni siquiera a sus más fieles seguidores. Porque, a pesar de que se nota su firma en la estética de las escenas y en el planteamiento de los demonios de los personajes, Coixet pasa de una forma tan superficial por la historia que nada de lo que cuenta y, mucho menos, la forma en que lo cuenta llega hasta el espectador, por muy buena que sea la disposición con la que éste haya entrado en la sala. Y cuando se trata de una realizadora de quien conocemos que sabe y puede emocionar e implicarnos en el relato dramático de las tragedias personales de sus, hasta ahora, cuidados personajes, el desengaño y la incredulidad ante lo que nos quiere vender en esta ocasión tiene un sabor mucho más amargo.
Ya en el Festival de Cannes, la cinta, que bien podría pasar como una especie de guía visual del Tokio más desconocido, aunque tampoco se libre de los tópicos más folclóricos, y de personal homenaje a una cultura que fascina a su directora y guionista, tuvo que lidiar con una crítica que no tuvo piedad y se convirtió en una de las pocas películas que fue abucheada durante la pasada edición del festival. Está claro que no era un buen presagio, pero, al final, el éxito ya sabemos que se vive en las salas y siempre queda la esperanza de que el público se emocione o simplemente se sienta atraído por la historia o los personajes que se presentan. En Mapa de los Sonidos de Tokio va a ser difícil que ocurra así, porque es improbable que los personajes convenzan a través de unos diálogos insulsos que consisten en unas frases demasiado afectadas que intentan explicar lo que no consiguen hacer las imágenes; y las explicaciones de un narrador, del que se podía haber prescindido, no hacen más que ahondar en su falta de calidad narrativa.
Así es que la protagonista, Ryu, una joven trabajadora del mercado de pescado que completa su sueldo y su vida asesinando por encargo, por mucho que declame a la perfección sus frases del guión, no acaba de entrar en un papel que debería haber rebosado la emoción y la tragedia de una mujer a la que se describe como dura, solitaria, misteriosa y profundamente herida. De forma que la actriz que intenta meterse en su piel, la nominada al Oscar por Babel, Rinko Kikuchi, aparece constreñida por un personaje tan poco perfilado que, a pesar de toda la carga emotiva que podría contener, no logra emocionar. Y eso, que en realidad, es Kikuchi la que más esfuerzos parece hacer para salirse del pobre guión que no es coherente entre dos pasiones que se encuentran. Porque su parte contraria, es decir, el personaje masculino al que debería asesinar pero de quien se enamora locamente, interpretado por Sergi López, ni siquiera hace un intento por despojarse de la tristeza afectada e increíble con la que han disfrazado a su papel en el filme. De modo que, después de numerosos intentos por engancharse a una trama que, además, pretende guardar un misterio tipo thriller, se llega a un final previsible e igual de plano que el resto de la decepcionante cinta.
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