Juan Federico Arriola | Domingo 30 de agosto de 2009
“No hay personaje histórico que no se vea obligado a llevar una máscara.” Maria Zambrano (Persona y Democracia)
En México la gobernabilidad está en entredicho. La violencia de la delincuencia organizada en los últimos tres años, sólo tiene un espacio en blanco: El pequeño Estado de Tlaxcala. Las otras 31 entidades federativas mexicanas han sido azotadas en diferentes grados por las bandas de secuestradores, narcotraficantes y asaltantes.
A pesar de los operativos del Ejército y la Marina mexicanos, el saldo es negativo: un número importante de civiles han pagado con sus vidas la corrupción y la falta de coordinación de las autoridades de todos los niveles.
Distinguidos personajes de la sociedad civil han demostrado en los últimos día que el Acuerdo Nacional para combatir la inseguridad del 21 de agosto de 2008 ha sido en términos generales un desastre.
El presidente Calderón no cambia la estrategia y tampoco cambio a su equipo del llamado gabinete de seguridad nacional que comprende a varias Secretarías de Estado y a la Procuraduría General de la República.
Aunado al difícil problema de inseguridad que de manera contrastante hace ver a la Ciudad de México como una de las ciudades menos inseguros del país, hay otros problemas que amenazan la frágil gobernabilidad: el desempleo va a todo galope, la economía ha caído drásticamente y las pruebas están a la vista. La dependencia que tiene México con su petróleo y con el mercado de Estados Unidos ha hecho caer de manera escandalosa la economía, es una crisis indiscutible. La falta de previsión de las autoridades hacendarias y económicas ponen en contradicción el optimismo presidencial. La disminución de las exportaciones de automóviles, el descenso de las remesas que provienen fundamentalmente de trabajadores mexicanos instalados en Estados Unidos, más la caída de la inversión extranjera han hecho un verdadero “cocktail Molotov”.
Los analistas “catastrofistas” que anunciaron problemas serios el año pasado fueron duramente juzgados por las autoridades gubernamentales. Hoy por hoy, hay que decir que aquellos analistas mexicanos que profetizaron el desastre actual se quedaron cortos. La economía no está bien: no hay empleos suficientes, la infraestructura educativa tampoco es suficiente y los aliados del presidente Calderón como son Elba Esther Gordillo, ama y señora del sindicato de maestros normalistas desde hace dos décadas y que no tiene el gusto de conocer la democracia y el señor Romero Deschamps, líder de los trabajadores petroleros, antiguo priista que controla el sindicato como si fuera un feudo fuera del Estado, no han ayudado al gobierno de Calderón a tener mejores niveles de productividad y transparencia.
La gobernabilidad es muy frágil, tan frágil, que cualquier acontecimiento grave puede echar abajo un esfuerzo de varias generaciones de mexicanos que hemos peleado por la apertura de espacios públicos. Los políticos mexicanos utilizan como los antiguos actores griegos una máscara, pero a diferencia de aquellos hombres, los políticos mexicanos actúan muy mal. Octavio Paz tiene todavía razón cuando afirma que los mexicanos tenemos una especial fascinación por las máscaras y por tanto a la simulación. Hay que releer El laberinto de la soledad. Cincuenta y nueve años después el poeta tiene razón. Y también la gran intelectual española María Zambrano tiene razón al hacerlo extensivo a los personajes históricos.
México está amenazado por la anarquía, Venezuela por la dictadura militar de izquierda, Cuba está amenazada por la ultraderecha de Miami y la ultraizquierda de los hermanos Castro y su nomenklatura. Argentina está en el péndulo del populismo torpe y la regresión violatoria de derechos humanos Brasil y Chile tienen las mejores perspectivas políticas y económicas de Iberoamérica.
El sueño de Bolívar es desgraciadamente una utopía.
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