Concha D’Olhaberriague | Martes 01 de septiembre de 2009
Así se llama la comedia de Woody Allen, el conocido cineasta neoyorquino, que se ha estrenado con gran éxito de público en un teatro madrileño en el caluroso mes de agosto. Previamente, el mismo elenco ya había sido bien acogido en otros lugares de España. La idea del montaje surgió en Avilés. Desde que obtuvo el Principe de Asturias, goza Allen de gran simpatía por esas tierras y tiene una estatua en una calle de Oviedo con la que se fotografió divertido.
No hay en Adulterios nada que los seguidores del peculiar artista no conozcan. Si empezamos por el título, resulta difícil rememorar alguna película suya donde el adulterio no esté presente; con frecuencia impulsa y traza el argumento y siempre resulta fuente de comicidad más o menos ácida. En su mundo viene a ser, casi, sinónimo de matrimonio.
Los personajes son asimismo los propios del ámbito social en el que se mueve habitualmente: profesionales de la clase media ilustrada o semiilustrada, con algún toque bohemio, el escritor fracasado, de la ciudad de Nueva York, y en especial de Manhattan.
La trama, de ritmo frenético, transcurre en un solo escenario, el apartamento de la avezada psiconalista, Phyllis, cuyo marido, un abogado prominente, va a marcharse, al parecer, con su mejor amiga, Carol.
Entre copa y copa, la humillada y eléctrica protagonista ajusta las cuentas a la tontilista de su rival, haciendo gala de una fluidez verbal sarcástica y desenfadada. Luego, irrumpe el marido y se lleva, a su vez, una buena ristra de improperios. Había olvidado el ordenador y unos documentos que su mujer, entre tanto, ha hecho trizas. La llegada del varón introduce un quiebro abrupto. Ahora la ofendida y atónita es Carol; la mujer con la que pretende empezar una nueva vida su amante no es ella sino una joven paciente de la consulta psicoanalítica de Phyllis. Pero ésta, la triunfadora en medio de tanto desastre vital, con su desenvoltura, consigue desbaratar los planes.
Finalmente, el ritmo enloquecido se detiene de sopetón. Cada uno volverá a estar en el sitio que ocupaba antes. Lo malo conocido no es peor que lo malo por conocer, sugiere, en esta ocasión, un Allen pragmático. Si el deseo no preludia el cariño ni atempera la soledad esencial, siempre queda reírse de uno mismo y dar rienda suelta a la lengua. Un alivio al menos. Y, así, las carcajadas sonoras empiezan en el patio de butacas. Es jocoso ver a otro pegarse un trompazo.
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