Opinión

Mi fe en Europa se fortalece en el Rin

Pedro Carrero | Jueves 03 de septiembre de 2009
Entre los días 29 de mayo y 1 de junio pasados, pocos días antes de las elecciones europeas, estuve en Estrasburgo, invitado por un amigo mío, ilustre jurista español. Llegué desde París en un tren de alta velocidad, acompañado de mi hija, que es ya casi una parisina más. La primavera acababa de estallar en Alsacia.

Era un fin de semana, pero pude conocer, al menos por fuera, los edificios del Consejo de Europa, especialmente el Tribunal de Derechos Humanos, y los que pertenecen a la Unión Europea, en concreto el Parlamento Europeo. Lo que vi era un frío escaparate de construcciones de aspecto funcional que alzaban su silueta sobre las apacibles orillas del río Ill. A diferencia de la Petit France o de otros barrios de la ciudad, muy concurridos por los turistas, las calles y los jardines de la zona, digamos, internacional, estaban casi desiertos, de manera que la abigarrada y multiforme realidad europea, la de los 27 de la Unión, por no hablar de los del Consejo de Europa, que son muchos más, se me antojaba muy lejana de aquellos edificios y de toda esa exquisita perfección que caracteriza a una ciudad como Estrasburgo. Son impresiones de un ciudadano de a pie, como las que suelo tener cuando observo la vida política española y reparo en lo alejado de la realidad que, a veces, está alguno de los tres poderes que Montesquieu estableció en su famoso El espíritu de las leyes.

Mientras observaba pasar a los cisnes con su cuello interrogante, pensaba en los encuentros de los países que integran la Unión Europea, pero sobre todo en los recientes desencuentros, como el fallido intento de conseguir una Constitución. Al tiempo que me hacía una foto bajo las banderas de la Unión, justo al pie del mástil de la española, pensaba en la Europa de la crisis económica, de los inmigrantes, de los parados, de los países que ejercen su liderazgo y de aquellos otros que todavía están en vías de desarrollo. Y cuando recordaba que la fecha de las elecciones estaba muy cercana, pensaba en los euroescépticos, que tildan de ingenuos a los que creemos en la Unión Europea, y pensaba en los abstencionistas, y en los que reniegan del euro, y también en los que están casi deseando que la Unión termine en el lodo para, desde ahí, desembocar en quién sabe qué tenebrosas soluciones.
Mi melancolía y mi sospecha de ser un ingenuo más no duraron mucho. Mientras nos hallábamos en la terraza de una acogedora cervecería, delante de jarras de cerveza de color tostado, mi amigo me preguntó que qué queríamos hacer al día siguiente. Yo no lo dudé ni un segundo y le dije: «Cojamos las bicis y vayámonos a Alemania». Yo sabía que mi amigo tenía bicis para todos y que la frontera alemana no distaba más de cuatro kilómetros. La idea fue bien acogida tanto por mi amigo y su mujer como por mi hija.

Así que al día siguiente tres españoles y una norteamericana (esta última, la mujer de mi amigo, española de adopción desde hace muchos años) dibujábamos una bulliciosa fila de ciclistas por los carriles-bici de Estrasburgo, en dirección al Rin. Discutiendo itinerarios y otros detalles técnicos, nos hablábamos a voces, como hablan los españoles, pero también los ciclistas de cualquier país cuando van en grupo.

La expedición en bicicleta a Alemania era algo que traía yo premeditado desde Madrid. Tenía que hacerse esperar un tránsito así, tenía que ser algo dilatado, progresivo, no un rápido trámite en coche. Hacía años que no pisaba suelo alemán. Si no hubiera habido bicis, hubiera propuesto ir andando hasta el Rin, pues todos los del grupo son excelentes andarines. Mi reencuentro con Alemania suponía también coger la bici desde hacía mucho tiempo, por lo que yo tenía que ir con cien ojos. Era, en definitiva, algo trabajoso, pero agradable.

Salimos de Estrasburgo y entramos en lo que parece ser un interminable polígono industrial. Y mientras ajustaba mi ritmo de ciclista al de los demás al objeto de no quedarme rezagado, pensaba en las vicisitudes de Alsacia y de su capital desde el siglo XIX hasta hoy. Mientras los radios de las ruedas de mi bici giraban incansables y yo procuraba no caerme, pensaba en lo traída y llevada que ha sido esta región: perteneciente a Francia, pasa en 1870 a dominio alemán tras la guerra franco-prusiana, y de nuevo se incorpora al Estado francés después de la Primera Guerra Mundial (1918). Pero cuando estalla la siguiente guerra es ocupada por los alemanes (1940), que inician un proceso de germanización, intentando en vano borrar cualquier vestigio francés. Y el desenlace de la Segunda Guerra Mundial devuelve definitivamente la región a Francia.

Me parecía ver el trajín de los ejércitos y oír las explosiones. Me figuraba el terror y el odio en los habitantes de una y otra orilla. Pensaba en el sufrimiento que, durante tantos años, siglos incluso, se había instalado en la zona. Pero nada de ese pasado bélico se mostraba ahora ante nuestros ojos. Pasamos una frontera sin vestigios de frontera, salvo unas banderas de varios países europeos en el lugar donde antes estuvo la aduana francesa. Y enseguida apareció el Rin, que cruzamos por el llamado Pont de l’Europe o Europabrücke. Y allí, en medio del puente, justo en límite que señala la soberanía de los dos Estados, pusimos pie a tierra y nos hicimos unas fotos.

Ése era el momento, emocionante, sí, emocionante, en el que yo había pensado días antes. Para los habitantes de la zona, de cualquiera de los países, cruzar el Rin es en estos tiempos algo tan corriente como para un madrileño pasar del barrio de Argüelles al de Chamberí. Pero no lo era para mí, que no conocía Estrasburgo y sabía lo mucho que alemanes y franceses se habían masacrado durante generaciones, disputándose la región. Ahora, a nuestro alrededor, ya no había distinción apenas entre lo francés y lo alemán.

Tras almorzar en un restaurante de la pequeña y acogedora ciudad alemana de Kehl, la que se encuentra justo al otro lado del puente, iniciamos el regreso a Estrasburgo, y cruzamos el Rin por otro puente, más pequeño y colgante, habilitado exclusivamente para peatones y ciclistas. Pasamos por unos jardines maravillosos, llenos de familias con niños, antes de desembocar en la carretera principal que nos había traído hasta el Rin.

Y justo al llegar a ese punto lo descubrí, al lado izquierdo del carril-bici. Fue una imagen fugaz, casi una instantánea, al tiempo que seguía a mis compañeros y hacía esfuerzos por no perder la estabilidad. Era un pequeño fortín, un búnker, un nido de ametralladoras, pero no fácilmente reconocible, pues estaba invadido por la vegetación. Sus oscuras troneras miraban hacia Alemania, como unos ojos vacíos, que parecen ver pero que ya no ven. Ahora, aquel residuo del pasado, aquella especie de calavera de hormigón, apenas si asomaba su siniestra faz entre hierbajos y zarzas. Era ya un resto arqueológico, poseído por la naturaleza. La vida ?las plantas? habían vencido a la muerte ?el búnker?.

Pensé en mis alumnos del programa Erasmus, que se mueven como pez en el agua por las calles de Alcalá de Henares o por el Madrid de Galdós, y cuando termina su estancia no se quieren marchar. Pensé en los programas de intercambio universitarios promovidos por Bruselas en los que he participado. Pensé en la cara de simpatía con que nos miran los parisinos cuando mi hija y yo hablamos en español en alguna terraza de Montmartre.

Por si me cabía alguna duda, mi fe en la Unión Europea se reforzó ese día en las ahora idílicas orillas del Rin, antes campos de Marte.

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