Sábado 05 de septiembre de 2009
La muerte de trece talibanes en un ataque perpetrado contra las tropas españolas destacadas en la localidad afgana de Qala i Naw y de 90 personas -entre insurgentes y civiles- en un bombardeo de la OTAN pone en entredicho el manido eufemismo de “misión de paz” con que algunos se empeñan en describir la ofensiva internacional conjunta en Afganistán. A pocos días de que se cumpla el octavo aniversario de los fatídicos atentados del 11 de septiembre en Nueva York, la situación en el polvorín afgano dista mucho de estar controlada. De hecho, puede afirmarse que las cosas han empeorado de un tiempo a esta parte.
Estados Unidos priorizó en exceso recursos humanos y financieros en Irak, descuidando Afganistán. Ahora Obama intenta reparar el error, pero no va a ser fácil. Estimaciones objetivas cifran en medio millón de hombres el contingente mínimo necesario para garantizar la seguridad en territorio afgano, cifra a todas luces inasumible. El peso de las operaciones lo ha llevado hasta ahora el ejército norteamericano y a la vista de los resultados, está claro que no puede hacerlo solo. Urge una respuesta común. Los gastos militares nunca han tenido buen cartel, y menos en época de crisis. No obstante, se hace imprescindible un esfuerzo conjunto, para no dilapidar lo que tanto ha costado conseguir. Afganistán dista mucho de ser una democracia modélica, pero al menos hay un germen de Estado. Y no gobiernan los talibanes, por más que a veces se diría que ganan terreno. Conviene recordar que uno de los “logros” que consiguió Al Qaeda con sus atentados de Nueva York, Madrid o Londres fue el de trasladar el campo de batalla a cualquier parte del globo, en un claro mensaje de que su objetivo es global. O lo que es lo mismo, derrotar al terrorismo en Afganistan implica mayor seguridad en el resto del mundo libre. De ahí su importancia.
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