Opinión

El viraje de la política militar de Zapatero

Domingo 06 de septiembre de 2009
La ministra de Defensa, Carmen Chacón, comparecerá en sede parlamentaria para explicar los pormenores de la “misión de paz” que levan a cabo las tropas españolas en Afganistán. A juzgar por lo “pacificada” que está la zona en cuestión, no parece que los resultados de la ISAF estén siendo del todo satisfactorios. Quizá por eso, Chacón se plantea el envío de un nuevo contingente de doscientos soldados, que reforzarían así la presencia militar de España en suelo afgano.


Dada la trascendencia de lo que allí está en juego, nada de esto debería sorprender. Hará bien el Gobierno en reforzar nuestra presencia militar, en la inteligencia que nuestras libertades empiezan a defenderse en esa trinchera. Pero sería de elemental honestidad que el señor Zapatero y su ministra empezaran por reconocer esta realidad par explicársela a los ciudadanos con claridad y sin hipocresía. Pero la postura de Mariano Rajoy pidiendo explicaciones a Zapatero sobre “la naturaleza de la misión” en Afganistán le haya valido al líder popular ácidas críticas desde las filas socialistas, tildándole de “fariseo” y “poco patriota”. Pero en esta ocasión, Rajoy ha acertado. No se le puede pedir a los españoles que comulguen con ruedas de molino y menos aún en materia de defensa, sobre el que tantas peroratas demagógicas ha vertido la izquierda, en general, y el señor Zapatero muy en particular.


Pudo gustar o no la decisión de retirar el contingente español de apoyo -que no tropas de combate- de Irak que tomó José Luís Rodríguez Zapatero nada más acceder a su primer mandato. Era uno de sus compromisos electorales y actuó de manera coherente en cuanto al fondo. No así en las formas, torpes y precipitadas, sin contar con las necesidades del mando aliado y sin respetar los tiempos que una operación de ese calibre exige. Las consecuencias de ese despropósito todavía las estamos pagando. Al mismo tiempo, durante la presidencia estadounidense de George W. Bush, al Gobierno español no le dolieron prendas en criticar abiertamente la política militar norteamericana. Pero con la llegada al poder de Obama, da la impresión de que la misión de Afganistán ha cobrado un nuevo sentido, en el que se mezclan la mala conciencia por los pasados disparates y la fascinación que parece ejercer Obama entre las filas socialistas. Hasta el punto de no vacilar a la hora de enviar un nuevo contingente a Afganistán, como si tal cosa. Sin embargo, la política exterior es un negocio de intereses, que no de colores, gustos o disgustos. Gobierne quien gobierne en los EE.UU. Parafraseando la famosa sentencia de los políticos ingleses del ochocientos, diríamos que “España, señores, no tiene amigos ni enemigos; tiene intereses”.


Ahora el Gobierno recoge lo que ha sembrado. Ha estado demasiado tiempo demonizando todo tipo de intervención militar en el exterior, añadido a la gestión de una persona, Carmen Chacón, muy válida quizá para otros menesteres políticos, pero no para uno del que no entiende y que además no le gusta. La opinión pública quiere saber porqué antes era malo enviar tropas al extranjero y ahora en cambio es bueno. Incluso hay quien ve detrás de todo ello el intento de congraciarse con Estados Unidos a cualquier precio, tras una larga etapa de torpezas diplomáticas. La realidad es que hace falta “arrimar el hombro” -frase muy del gusto de la vicepresidenta De la Vega- en Afganistán, antes y ahora. Pero habría sido deseable algo menos de demagogia y mucho más de política internacional seria. Esperemos -pero no confiemos- que el señor Zapatero miré otros datos fuera de los sondeos de opinión y más allá de la provincia de León.