Pedro J. Cáceres | Domingo 06 de septiembre de 2009
Fiesta de los toros o corrida de toros. El toro. En Palencia brilló por su ausencia. No el animal como tal, con su edad y su peso –aproximado- reglamentarios, si no el toro con dignidad que otorga carta de naturaleza a este espectáculo.
En trabajos anteriores nos hemos referido al toro buey, imposible, de ferias como Madrid, Pamplona, Bilbao, y sus consecuencias de ínfimo nivel artístico por causas suficientemente pormenorizadas con rigor de análisis.
Pero en todo debe existir un equilibrio. En la Fiesta parecen sobrar los matices: o blanco o negro. Palencia, su feria, ha sido el último botón –por ahora- de un amplio muestrario.
El toro sin cuajo y sin cuernos –lo de los pitones hace tiempo que dejó de ser una cuestión existencial- ha sido la tónica general en el que el haber esgrimido como argumento ,uno de ellos, del coladero ha sido la movilidad; una movilidad, por otra parte, informal producto más de un ímpetu juvenil que confunde a las clases pasivas de los tendidos que entienden por embestidas y que permite a las figuras jugar al toro, obviar la lidia, sintetizar el toreo y sublimar el recurso –con el peligro de la incertidumbre del viaje alocado y sin que se le de importancia por la poca que transmite su brevedad por aquello de la compensación y que toda ventaja en la vida tiene su peaje-.
Tan solo la corrida de Montalvo, la única con la de rejones que tuvo cuernos, se pareció al tolerado “toro de las ferias de septiembre”, salvo las honrosas excepciones conocidas. Como, a fuer de generosos, la mitad de Garcigrande y la de mitad de Cuvillo. La de Juan Pedro fue una indecencia vergonzante, eso sí maquillada punto com.
Otro de los argumentos que hace del toro un protagonista marginal, más como “attrezzo” que fundamento, es el llamado balance artístico que ha saldado lluvia de orejas. Si bien las figuras, sobre la que se sustentaba una feria de gran tirón y que produjeron grandes entradas sobre la base de más de 5.000 abonados patrocinados por la vuelta de José Tomás después de siete años, ninguna ha redondeado tarde incluido el de Galapagar en una de sus actuaciones más insulsas que se recuerdan.
Ni Ponce apretó el acelerador, ni Perera- el de mayor disposición- estuvo “redondo”.
Ni Cayetano que en un arranque de raza, coraje, amor propio–del que no se derrocha todas las tardes, por tener cupo el depósito- y buenas maneras en inmejorables hechuras, mandó un mensaje a su entorno sobre la desconfianza que tienen de su capacidad para competir, discreta, pero válida, para hacer escalafón por arriba, contagiándole del miedo colectivo que sufren desde que se anuncian, remueven ganaderías, exigen contrafueros y las labores previas al festejo se convierten en un carnaval con su gente como Don carnal y la autoridad y facultativos como Doña Cuaresma.
Los tres en hombros en la tarde que hacía de telonera de José Tomás y que fue la más vistosa, al menos en resultados; que al parecer, en esto de las “corridas”, el fin justifica los medios.
Esplá se despidió, y demostró por qué. Ni Rivera ni El Cordobés levantaron polvaredas ni de arena ni en los tendidos, a pesar de la oreja de Francisco. Talavante, cobró su trofeo, pero dejó para Motilla del Palancar el inicio de su rehabilitación. Manzanares en su línea de fenicio levantino, cambió tres cartas por un cartílago.
El toreo al natural, el mejor, valió tan solo un apéndice, por ejecutarlo en dosis de veterano curtido para no molestar a la estrella de la feria (José Tomás) y procurarse un seguro como abridor de carteles: lo protagonizó Manolo Sánchez.
El triunfador de la feria ha sido, proclamado, Sebastián Castella por las dos orejas del quinto de Montalvo. La faena fue de corte populista, pero quizá su premio se derive a que su medida entrega en tal tarde y su pericia calculada para llegar al público la desarrollara ante un toro, de “feria de septiembre” pero un toro.
El único que levantó pasiones de verdad, aunque fuera ante dos becerros “artistas” desmochados de Juan Pedro.com, el que cortó más orejas, tres, y el que no defraudó las expectativas sobre su sentido del espectáculo, ese autorizado para todos los públicos, fue El Fandi.
Así está el patio de la fiesta, con minúsculas, en tiempo real. El ejército de Pancho Villa: sobre el papel un ferión de figuras; en su desarrollo: ausencia de toro, lluvia de orejas, público divirtiéndose, balance triunfalista, empresa sacando pecho y los eruditos jurados cumpliendo con su misión que no es otra que fallar… y fallan.
Siempre que un río baja revuelto, y la feria palentina ha sido una más, sacan réditos pingues los más avezados pescadores, de toda calaña y condición. Sin más poso ni madre que un día de ocio para el pueblo y negocio parra el llamado “sector” y el año que viene Dios dirá. Hasta se seque el cauce.
Más honesto sería cambiar la nomenclatura de corridas de toros, por corridas de toreros, con perdón.
“Pezqueñines” no; por mucho que el consumidor los devore y los cotice.
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