Martes 08 de septiembre de 2009
Mahmoud Ahmadineyad ha dado un paso más en su carrera nuclear, anunciando que seguirá adelante con su programa de enriquecimiento de uranio. Respondía así el líder iraní a las peticiones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, temeroso del uso que su país pueda hacer de su energízaa nuclear. De no ser así, Teherán habría permitido trabajar libremente a los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, en lugar de las trabas que tienen desde que Ahmadineyad llegó al poder. Conviene recordar que Irán firmó en su momento el Tratado de No Proliferación Nuclear, que prohíbe el uso de la energía atómica para usos armamentísticos, aunque hay pruebas más que sólidas de su incumplimiento.
A ello hay que sumarle el discurso belicista del propio Ahmadineyad, empeñado en provocar permanentemente a Israel y Occidente. Dicho sea de paso, con la ayuda sobrevenida de caudillos bufos como el venezolano Hugo Chávez, valedor del régimen iraní. De hecho, hay fundadas sospechas de que Venezuela está colaborando estrechamente con Irán en la síntesis de uranio con fines militares. Que dos países productores de petróleo estén regidos por semejantes personajes es ya de por sí lastimoso, pero que además uno de ellos se embarque en una aventura atómica es sumamente peligroso. Además, el liderazgo de Ahmadineyad está bien apuntalado, toda vez que la manipulación del reciente proceso electoral iraní y la práctica anulación de la oposición le ha consolidado en el poder.
La respuesta diplomática ha de ser tan contundente como rápida. Por de pronto, este viernes José Luís Rodríguez Zapatero se reúne en Madrid con el caudillo venezolano. Quizá sea un buen momento para pedirle que reconsidere sus alianzas. Y, a propósito, la Alianza de Civilizaciones que tanto gusta al líder español se gestó en Irán. Lo que demuestra que eso de relaciones internacionales es una asignatura pendiente para más de uno.
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