Opinión

Kennedys en Arlington

Luis Alejandre | Martes 08 de septiembre de 2009
Rompiendo una tradición familiar, murió en la cama el Senador Ted Kennedy. Pocos editoriales e informativos especiales se dedicaron a su figura política en pleno mes de Agosto. Muchos más, había provocado la muerte de su asesora electoral en un accidente de automóvil ocurrido en una perdida isla de Massachusetts, del que se le presumía más que responsable.

Sabíamos como murieron asesinados sus hermanos John -el Presidente- y Robert, el otro Senador. Menos recordada es la muerte de su hermano mayor, Joe, desaparecido al final de la Segunda Guerra Mundial sobre las costas de Inglaterra pilotando un cazabombardero en una misión altamente arriesgada. Consistía en lanzarlo cargado de explosivos sobre una base aérea alemana, saltando en paracaídas en el último instante. Algo falló. El avión que le seguía iba pilotado por un hijo del Presidente Roosevelt.

Eran tiempos -nos recuerda en una magnifica reflexión Enric Gonzalez (El País 27 Agosto)- en que los hijos de los políticos iban a la guerra.

Habría que preguntarse hoy, autocomplacidos interesadamente por haber descubierto las grandes virtudes de la profesionalización total de nuestras Fuerzas Armadas, si no hemos vuelto a los “cuotas” de las Guerras de África de nuestros abuelos, y si los que ponen la “carne de cañón”, son nuestras clases menos privilegiadas, las mas sacudidas por la crisis económica, “gentes –dice el articulista- cuyas familias carecen por completo de poder de decisión”, al contrario del que tenían los Roosevelt o los Kennedy, consecuentes con las misiones que encomendaban a sus hijos.

Duramente, llama al fenómeno de hoy, Enric Gonzalez, “proletarización de la guerra”. No es nuevo el caso. La suerte es que estos “proletarios de la guerra” conservan virtudes esenciales como la capacidad de sacrificio, el sentido de la responsabilidad, la disciplina y la abnegación, perdidas en otros tramos importantes de nuestra juventud, seguramente en los de los sectores más acomodados o acomodaticios. Véase lo ocurrido en Pozuelo.

Menos importancia dimos al lugar de enterramiento del Senador: el Cementerio Nacional de Arlington cercano a Washington. En aquel Santuario, visitado por cuatro millones de ciudadanos al año, reposan junto a 300.000 soldados, los grandes líderes de la nación, algunos de los cuales tuvieron que tomar la grave decisión de mandarlos a combatir. ¿Inconcebible entre nosotros un Arlington? ¿Preferimos tener cementerios dispersos y mal cuidados en Marruecos, en Filipinas, en toda América, en Indochina o en nuestra propia tierra? ¿Es que algún líder nacional pediría ser enterrado entre la tropa?

Hubo un intento, a finales de los noventa, de crear un “arlington” en terrenos del Campo de Instrucción de la Academia de Infantería de Toledo, en una zona -La Sisla- del antiguo monasterio Jerónimo, desamortizado a mediados del XIX. ¿Valdría la pena retomar la idea?
Sí, si ciertamente concibiésemos el servicio -el sacrificio- a la Patria como tarea común de civiles y militares.

Sí, si apartásemos los fantasmas de nuestra enfermiza dislocación histórica y de trasnochados antimilitarismos.

Sí, si fuésemos conscientes de que la seguridad, no es un tema que concierne sólo a los uniformados.

Los Kennedy, con todos sus defectos -“nuestros pecados no definen exactamente quiénes somos”, dejó escrito el Senador fallecido- nos han dado otra vez, un gran ejemplo.

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