Concha D’Olhaberriague | Martes 08 de septiembre de 2009
Hay exposiciones, algunas excelentes, que por razones diversas apenas reciben visitas. Otras, buenas y mediocres, se han convertido en una ardua carrera de obstáculos que hay que sortear hasta que se nos franquee la entrada. Sospecho que en estas últimas la dificultad viene a ser, paradójicamente, un aliciente adicional. Oímos conversaciones acerca del tiempo que se ha estado en la cola, cómo se consiguió la entrada y a qué trucos se recurrió para no derretirse esperando bajo el inmisericorde sol madrileño; menudean los lotes de hotel con boleto y la venta por Internet, que se queda exhausta muchos días antes de que acabe la muestra. Tal vez se hayan entablado relaciones en el largo ínterin o lo contrario.
La antológica de Joaquín Sorolla en el Prado llega a su fin en estos días tras haber pasado por ella –era de prever- multitudes. Había que ser ágil como espadachín de esgrima para contemplar las pinturas sin interferencias, y, sobre todo, avanzar y retroceder contra la corriente.
En uno de esos movimientos de retrotracción para eludir el tumulto me encontré en un punto desde el cual divisaba a la vez dos cuadros que, juntos, me mostraron un Sorolla íntimo, un artista que podía también emocionar y no tan sólo apabullar con su destreza, versatilidad e indudable dominio de las técnicas pictóricas y los juegos espaciales.
Se trata de retratos de varones, y eso les infunde una cierta contención. Uno es Antonio García Peris en la playa, un impresionante escorzo de su suegro, fotógrafo, de cuyo oficio mucho aprendió Sorolla. Con un elegante traje blanco, está sentado en una mecedora en la playa sujetando un bastón –casi batuta o vara de mando- con ambas manos apoyadas en los brazos del asiento. Junto a él, en el ángulo inferior izquierdo, reposa su canotier. La frente despejada y la mirada serena le confieren una actitud meditativa y todo, el encuadre los tonos pastel y la leve ondulación que se adivina, desprende un halo melancólico e indefinido.
El otro retrato seleccionado por mi vista es de interior, más clásico y con predominio de negro, grises y la línea vertical. Es, igualmente, un apuesto caballero del círculo del pintor: Aureliano de Beruete y Moret, director del Prado por un tiempo e hijo del pintor paisajista homónimo. La figura ocupa el eje del cuadro, y los breves toques de blanco, el cuello almidonado y los puños que asoman bajo la levita, realzan la finura de los rasgos de rostro y manos. El bastón que empuña al sesgo y bocabajo, junto con los guantes de piel marrón, redondean el aspecto severo y señorial, y la mano izquierda en el bolsillo marca, en ángulo, el ritmo pausado que surge del conjunto.
Nunca vi una cola en la Casa-Museo del pintor, salvo en la apertura nocturna estival, bien acogida siempre por el público. Verano y noche cuadran en el jardín andaluz de la vivienda madrileña de Sorolla. Tampoco creo que aumente el número de personas que se interesen por su pintura tras la muchedumbre del Prado.
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