José María Zavala | Jueves 10 de septiembre de 2009
Un gran porcentaje de las ofertas de trabajo incluyen entre los requisitos exigidos una ambigua propiedad: la flexibilidad. No es, desde luego, ninguna novedad en el panorama laboral; forma parte del vocabulario mágico que el neoliberalismo más recalcitrante introdujo desde hace ya muchos años en la nueva economía mundial, junto a otras joyas de la corona como “liberalización” y “privatización”. El truco estaba en dotar a todos estos términos de una connotación innegablemente positiva. Es más, la flexibilización se propuso entonces como un arma salvífica contra el fantasma del paro.
Pero la adaptabilidad sólo tiene ventajas si hay una relación simétrica, si existe negociación con igualdad de condiciones. De lo contrario, es pura subordinación. Sólo quienes se encuentran en una situación privilegiada, por el motivo que sea, pueden negociar su salario, sus horarios, sus vacaciones, etc. La sensación general es la de toparnos con un mercado laboral predefinido, rígido, al que debemos adaptarnos.
Debido a la coyuntura económica actual la exigencia de flexibilidad se ve agudizada y vemos su verdadero significado: a ver cuánto somos capaces de agachar la cabeza y doblar el espinazo. Y se ve que es una situación asimétrica porque quienes no se adaptan son los mercados: las condiciones son duras, la competencia no perdona, estamos en “crisis”... A veces nos topamos con exigencias no ya rígidas, sino aplastantes, y por ello, tenemos que ser flexibles.
Repasemos algunas de los peligros a los que nos expone este fenómeno tan alabado: la incertidumbre (no saber cuánto tiempo durará un empleo, no poder fijar horarios de trabajo...), la debilitación de las relaciones sociales (sobretodo dentro de la propia familia), la posibilidad de contraer “enfermedades laborales” (estrés, ansiedad...), etc. Visto así, la flexibilidad no parece ser siempre tan ventajosa.
En este campo de batalla, hacer malabares con el lenguaje es fundamental. Así que nos venden como la gran maravilla del mundo poder convertir nuestro teléfono fijo en un teléfono móvil, y así “no perder esa llamada tan importante”; o tener conexión a Internet en cualquier parte, para que los e-mails del trabajo no nos dejen en paz ni en vacaciones. Parece que está feo reivindicar el ser una persona rígida, con principios, que planta cara y se mantiene firme.
Al igual que doblamos una rama para ver cuánto aguanta, podemos probar a exprimir a una persona hasta que se rinda. Y si los niveles de desempleo son altos, el límite siempre es mucho más fácil de elevar. Habiendo crisis, por ejemplo, se aceptan más fácilmente las sugerencias de movilidad, las bajadas de salarios y el aumento de horas trabajadas. El otro día asistí atónito al testimonio de una chica que relataba cómo además de haberle bajado el sueldo (supuestamente por la situación económica general) muy por debajo de los mil euros, llegaba a trabajar incluso doce horas al día; no ocultó que en ocasiones, tras la jornada, llegaba llorando a casa.
En esta espiral de externalización de responsabilidades parece que nadie es culpable de nuestros males, y con ello no olvido la parte que nos toca a quienes a veces aceptamos condiciones laborales que nos hacen sentir estúpidos: el mercado somos todos. Todo lo que de descaro que les sobra a algunos, les falta de valor a otros.
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