crítica
Viernes 11 de septiembre de 2009
J. M. Coetzee: Tierras de poniente. Traducción de Javier Calvo Perales. Mondadori. Barcelona, 2009. 176 páginas. 16,90 €
El escritor sudafricano J. M. Coetzee, premio Nobel en 2003, una de cuyas novelas más destacadas, Desgracia, acaba de ser llevada a la pantalla, es autor de cerca de veinte novelas y de varios libros de crítica literaria. Dedicado a la enseñanza de la literatura, probablemente quedará como uno de los escritores más destacados de su generación, aunque sea difícil establecer en qué tradición literaria encuadrarlo. Nacido en Ciudad del Cabo, donde paso su adolescencia, escribe en inglés, y se ha formado intelectualmente en Estados Unidos. Parece razonable situarlo en una vaga tradición anglosajona, pero ni sus temas ni su estilo ni sus referentes culturales justificarían dicha adscripción. Quizá el escritor "inglés" que le queda más cerca es el más extemporáneo, por su origen irlandés y porque terminó escribiendo en francés la parte más relevante de su obra. Me refiero a Samuel Beckett. Escritores de tradiciones tan dispares como Defoe, Dostoievski, Kafka o Borges se han convertido en algún momento en materia o forma de sus producciones novelísticas. Se trata de un escritor que deja traslucir muchas lecturas detrás de sus ficciones, pero que es capaz, al mismo tiempo, de producir una poderosa impresión de originalidad, de estar en posesión de una voz que, a pesar de las quiebras de la literatura, muerta y deconstruida en numerosas ocasiones, narra historias con una misteriosa confianza en lo que Kundera llamó acertadamente la “herencia de Cervantes”.
Mondadori, la editorial que ha publicado en castellano toda su obra ha rebuscado en los últimos estantes de inéditos en castellano y dado con sus primeras publicaciones. Es difícil decidir a qué género pertenecen, si son novelas cortas o relatos largos. Me inclino por la primera opción. Hay que reconocer que se trata de obras para convencidos y asiduos a la narrativa coetziana, pues no superan sus producciones posteriores. Coetzee es un narrador lento que ha visto aumentar su dominio de las palabras y del laberinto de experiencia y creación que es siempre una novela, libro a libro. No obstante, está más que justificada su publicación. En efecto, las primeras obras suelen revelar a un autor de fuste. Es el caso de Tierras de poniente, libro compuesto por dos relatos que a primera vista poco tiene que ver entre sí, al menos en la materialidad de lo narrado. Sólo la misteriosa presencia de varios Coetzees entre los “autores” de las crónicas y la consistencia de la voz narradora de los yoes que hablan en primera persona de sus respectivos asuntos, presta al libro una inconfundible, inquietante unidad.
En El proyecto Vietnam, el primero de los dos relatos, leemos una confesión escrita por un sujeto que trabaja elaborando un informe para la Sección de Mitografía del Departamento de Defensa. El informe, sobre qué hacer en Vietnam después de la guerra, pertenece a un programa titulado Vida Nueva y su coordinador es un tal Coetzee, a quien el narrador teme. Su autor es un desequilibrado, obsesionado por el informe en el que ha venido trabajando desde hace un año. El novelista lo describe como un intelectual de clase media, casado con una mujer de gustos convencionales que va a terapia los miércoles. Viven en una zona residencial y tienen un hijo al que el narrador termina secuestrando. Las últimas páginas de informe-memoria están escritas en un internado psiquiátrico desde donde prosigue sus redundantes y lastimeras confesiones. Pero el fondo del relato no es la psicología de su narrador sino el lúcido informe que elabora. Siguiendo la lógica de la guerra, no hay más asunto que el de la victoria. El implícito es que el verdadero problema no es la posibilidad de consumarla, porque, como se observa en el informe, se trata de una cuestión técnica y disponemos de los medios, sino del aspecto moral que le subyace: la responsabilidad de asumir el programa de destrucción y sufrimiento que conlleva la victoria. Y esa es la culpa que destruye al narrador, espectador distante pero implicado en el horror de la guerra de Vietnam a través de la colección de veinticuatro fotos que lleva consigo de un lado a otro, guardadas en su portafolio. Podría decirse que el narrador es una versión minimalista e irónica del Kurtz de Apocalipse now, el personaje que fuera imaginado primero por Conrad en El corazón de las tinieblas.
Y son esas mismas tinieblas que envolvieron al continente negro desde que comenzó la colonización del hombre blanco lo que constituye el argumento del segundo relato, que da nombre al libro, Tierras de poniente. También escrito en primera persona por un Jacobus Coetzee, relata la expedición que en torno a 1760, mediodía del Siglo de las Luces, llevó a cabo por tierras del interior de Sudáfrica, cuando todavía era territorio virgen y se hallaba escasamente poblado. Podría decirse que era la Naturaleza antes de que la Historia, de la que nuestro novelista no tiene muy buena opinión, irrumpiera en ella. El pecado original, con su cadena de maldiciones, lo habría llevado a África el hombre blanco. La crónica de Jacobus Coetzee abarca, en realidad dos viajes. El primero lo lleva a cabo con sus criados hotentotes y un cargamento de baratijas para establecer con sus habitantes relaciones de amistad que le permitan cazar y establecer algún tipo de comercio. El intento resultará frustrado y Coetzee es vejado y maltratado por un grupo de muchachos. Abandonado por sus criados, tiene que volver solo y enfermo a su granja. Pero vuelve transformado. Un año después regresará para llevar a cabo una expedición punitiva para vengarse de las afrentas recibidas. El relato termina con una lúcida reflexión sobre la justicia que hay en el acto de asesinar nativos. Y es que “todos son culpables sin excepción”. Dios sabe lo que hace: “Su piedad no atiende al mérito. Soy una herramienta en manos de la historia”. Esta es la justificación del asesino, que ha comprendido que no mata por su interés particular, aunque también, sino por, digamos, el bien de la Humanidad.
Coetzee reflexiona a través de la crónica del explorador sobre la preparación de las grandes mortandades que las ideologías políticas iban a provocar en el siglo XX. La influencia de Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, concretamente de su capítulo dedicado a Sudáfrica y a los boers (“El mundo fantasmal del continente negro”), es patente en la conciencia de ser “hombre superfluo” que tiene el protagonista-narrador, tesis central del análisis de Arendt: Jacobus Coetzee encaja perfectamente en la plantilla de aquellos “hombre superfluos, los bohemios de los cuatro continentes que se precipitaron hacia El Cabo...” y en unión de caballeros, de los que pronto fueron inseparables, llevaron a cabo la colonización del África austral.
La culpa, el sufrimiento, la capacidad del hombre para infringir dolor a sus semejantes, la gratuidad y falta de motivación con que eso ocurre, así como la indiferencia de la naturaleza hacia los padecimientos del yo humano son algunas de las constantes de la narrativa coetziana. Y ya están aquí, como una primera nota de una larga melodía. Este aspecto de su obra, junto con la atención a los problemas del mundo en que vive son los pilares sobre los que Coetzee ha levantado el monumento literario que a estas alturas del tiempo representa el conjunto de su obra.
Por José Lasaga
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