Martes 15 de septiembre de 2009
No falta mucho para que haya elecciones en Bolivia. Su presidente y candidato a la reelección, Evo Morales, calienta motores ante la inminente cita electoral. Ocurre que en lugar de llevar a cabo mítines en La Paz, ha elegido Madrid para lanzar su arenga antiimperialista, antioccidental y, por ende, antiespañola. Es verdad que Evo Morales está en España de visita oficial, como lo atestiguaba su visita de ayer al Parlamento y al Palacio de la Zarzuela, pero aprovechó para venir un día antes y organizar un festivo mitin en la localidad madrileña de Leganés. Cualquier estadista con dos dedos de frente organizaría una gira internacional en la que pudiera tener encuentros con empresarios y demás personalidades que pudieran tener alguna influencia en los intereses de su país. Además, mediría muy mucho sus palabras, para así poder lograr el mayor número de inversiones extranjeras.
No ha sido así. En espera del palto fuerte de la visita, la entrevista hoy martes con su “amigo” Zapatero, Morales se ha despachado a gusto pregonando las bondades de su política de nacionalizaciones -o mejor dicho, “expropiaciones forzosas”-. El sector energético es crítico para la economía boliviana, de ahí que lo relativo a la política de hidrocarburos adquiera una importancia vital. Y es ahí donde el gobierno de Bolivia ha violentado la legalidad, incumpliendo contratos firmados con empresas como Repsol o Fenosa, las cuales han tenido que sufrir comportamientos cuatreros. Si lo que el señor Morales pretende es recabar inversiones empresariales, lo primero que debería ofrecer es seguridad jurídica. Mientras en Bolivia no se respete la propiedad privada, no haya fraudes electorales –como el perpetrado en el último referendum, al más puro estilo Chávez- y no se adopte una política económica coherente, el país seguirá a la deriva. Al igual que su líder.
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