Enrique Aguilar | Miércoles 16 de septiembre de 2009
Ojalá se cumpla lo dicho hace poco por Beatriz Sarlo y el kirchnerismo no termine siendo nuestra última oportunidad. Ojalá lleguen otras, cuando la razón se imponga, después de años de sinrazón e impunidad.
Quien mantenga una concepción providencialista de la historia tal vez pueda apelar a la fórmula del castigo divino entendido como un instrumento de purificación. Castigo a una sociedad que no supo o no quiso poner límites. Castigo a una clase política que no se reformó. El tránsito, en cualquier caso, nos redimiría.
Pero nada tiene que ver Dios con todo esto, sino más bien una suma de malas opciones y peores decisiones. La falta de cultura institucional de algunos, la ausencia de sensibilidad social en otros, también deberían ser contabilizados. Y la complicidad, por cierto, la hipocresía y el afán desmedido de poder.
Algunos especulan con la probabilidad de una renuncia anticipada, cuando las circunstancias se tornen todavía más adversas. Empero, como debemos aprender, tenemos que esperar. Entre las múltiples cualidades de la democracia, la facultad no solamente de nombrar sino de remover pacíficamente (mediante elecciones generales) a los gobernantes es sin duda axiomática. Pero ello impone el respeto a los calendarios electorales y la conclusión de los mandatos. Irse por la misma puerta de entrada, vale decir, la voluntad mayoritaria.
Ocurrirá en diciembre de 2011. Cabe esperar, no obstante, que entretanto la justicia se ponga de pie, que un congreso renovado haga lo propio y que los motivos ocultos de un fracaso (pues los otros resultan evidentes) queden al descubierto.
Ya no hay margen para pedirles que cambien porque, por las razones que fueren, no les interesa. Han redoblado su apuesta. La última llama siempre es la más larga. En tiempo y forma, les diremos basta.
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