Opinión

Dilemas de la potencia imperial en tierras del Islam

Víctor Morales Lezcano | Viernes 18 de septiembre de 2009
El mes lunar de ayuno, o Ramadán, está acercándose a su final en todo el orbe musulmán. Como es sabido, se trata de una dieta diurna que es preceptiva por mandamiento del Profeta, Mahoma.

Y como ocurre con casi todos los preceptos que informan el islam, nos hallamos ante uno de aquéllos que confieren identidad cultural a los fieles de esa religión en toda la extensión del planeta que habitamos.

Los estudiosos de la cuestión coinciden en que “en la mayoría de los países musulmanes, el islam es todavía un criterio básico para determinar la identidad de -y lealtad al- grupo que profesa tal religión”.

Es decir, para una buena mayoría de musulmanes, su identidad de base reside en la comunidad religiosa. Es decir, en una entidad cultural que viene definida por el islam, en vez de otros criterios, como la etnia, o el territorio. Criterios, éstos, que sí han sido fundamentales -y en medida considerable lo siguen siendo- en el conjunto histórico del linaje judeo-cristiano. Criterios que pueden alcanzar cotas de paroxismo histórico en manifestaciones “estatistas” como las que priman en el núcleo duro del Likud israelí.

Los creyentes de corte fundamentalista se manifiestan en el seno del islam con frontal rechazo de los correligionarios que pecan de laxismo acomodaticio en su práctica de la religión. Además, aquéllos no reprueban menos la entrega de los fieles musulmanes al consumismo indiscriminado. Ambas disposiciones son valoradas muy negativamente por los sectores rigoristas del islam en general, y muy acusadamente por parte de los creyentes del chiísmo irano-iraquí, y libanés incluso.

Si con motivo del ayuno de Ramadán, u otro cualquiera de los hitos ceremoniales de las grandes -y pequeñas- religiones, no hacemos un esfuerzo de reflexión mínimo, seguiremos viéndonos inmersos en la espiral de noticias que no cesa. Con el consiguiente desconcierto en el ánimo; e incluso, de entrega acrítica a las versiones que con lenguaje palmario algunas, más subrepticiamente otras, circulan por los medios de in-comunicación actuales.

Si paramos mientes en los tres escenarios del mundo islámico que por el momento nutren las panoplias informativas -Iraq, Irán, Afganistán-, salta a la vista la frecuencia con que en el contenido de aquéllas, no se considera, en manera alguna, el estado de guerra civil religiosa que prevalece en Iraq (entre sunníes y chiíes -por dejar la dimensión kurda aparte-); en Irán (entre teólogos y clérigos conservadores, o línea del presidente de la República Jameini, versus lo que aquí podríamos llamar “liberales” -o aperturistas- del régimen imperante); y finalmente, en Afganistán (donde el gobierno provisional de Hamid Kharsai, no sólo tiene un frente de insurgencia talibán obstinado en sus convicciones musulmanas “estrechas”, rigoristas, sino que tiene, por si no bastara lo anterior, un concurrente político de entidad como parece ser el candidato a la presidencia, A. Abdulláh. Candidatura que está siendo corroborada en los recuentos de la votación que se celebró el 20 de agosto pasado en una frontera donde se oculta “el pozo sin fondo” del que hace no muchos días advirtiera Santiago Carrillo).

Que las causas desencadenantes de las fracturas internas de cada uno de los tres países musulmanes que hemos elegido para ejemplificar nuestra hipótesis, pueden ser las mismas en aquellas tres sociedades que se encabalgan territorialmente entre el Oriente Próximo y el final del túnel que nos conduce al plexo de Asia, no es precisamente lo que se pretende dilucidar en estas líneas, sino que, como venimos insinuando, la administración de Estados Unidos habría de partir, de ahora en adelante, de una evidencia secular como la que sigue. Al intervenir en un país culturalmente anacrónico, en un escenario tortuoso y en una formación social de tipo tribal, se impone estudiar con detenimiento la intervención que procede, su cadencia militar y su adecuación a la insurgencia que por diferentes razones (¿legitimas?; ¿de Realpolitik?; ¿de afirmación, descarnada o enmascarada, del papel de arbitro de la situación? ) se trata de ahogar en su nido.

Las dos últimas semanas han sido agitadas en los círculos militares y gubernamentales de Washington. La explicación de tal agitación reside en la política medio-oriental de la administración Obama. De una parte, escorada hacia la concepción estratégica del general Stanley A. McChrystal -el hombre poderoso en Afganistán-, y de otra parte, oscilando del lado de la concepción que mantiene el almirante Mike Mullen. Frente a la mera guerra frontal contra la insurgencia, procede actuar desde dentro con el apoyo de contingentes autóctonos bien adiestrados. En esta línea ha de entenderse el comentario del secretario de Defensa, Robert M. Gates: “La idea de que puedes dirigir una suerte de pura campaña contraterrorista, y hacerlo desde la distancia, es una idea que, simplemente, no encaja en la realidad. La verdad es que si quieres enfatizar el aspecto contraterrorista de la guerra, no puedes hacerlo con éxito sin respaldo interior legal, sin seguridad interna, sin información fehaciente”.

Se avistan, pues, dos evidencias. Una se impone y manda: el conocimiento sólido del estado social de la comunidad en cuyo seno se juega la partida; la segunda es su corolario, el respaldo presidencial a la estrategia adecuada para alcanzar los fines que se persiguen.

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