Opinión

La arriesgada apuesta de Barack Obama

Domingo 20 de septiembre de 2009
El proyecto del escudo antimisiles europeo pergeñado en su momento por el anterior inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, originó un importante foco de tensión con Rusia, que Obama se ha encargado de atemperar con su intención de no llevarlo a cabo. Cuando surgió la idea, más de uno vio en ello una audaz jugada en la que Washington ganaba por la mano a Moscú, y a Teherán. Pero la nueva administración norteamericana concibe de otro modo la política exterior. Ahora se trata de reclutar amigos -y poderosos, como en el caso de Rusia- para aislar y controlar a Irán. Ya lo demostró Obama durante su discurso en la Universidad de El Cairo, trufado de guiños hacia el Islam. También hizo lo posible por distender las relaciones con el Irán de Ahmadineyad, sin mucho éxito por culpa de éste último. Afrontó los espinosos asuntos de Irak y Guantánamo.


El planteamiento inicial resulta alentador. Hay quien opina que quizá Obama ha pecado de falta de firmeza en algunos aspectos puntuales, pero lo arriesgado de su apuesta así lo requiere. Ocurre que en según que materias corre el riesgo de extralimitarse. Un aperturismo mal entendido puede ser sumamente perjudicial para los intereses norteamericanos. Así se lo han hecho saber siete ex directores de la CIA, recelosos de la idea presidencial de sacar a la luz todo lo que los servicios secretos estadounidenses han estado haciendo durante los últimos años.


Obama está en su perfecto derecho de intentar suavizar la imagen de Estados Unidos en entornos hasta ahora hostiles. Y probablemente acierta con una idea que tiene más cálculo que ingenuidad y “buenismo”: la de que los EE.UU. deben reclutar apoyos, si quieren tener éxito en la promoción y defensa de sus intereses -que, en buena medida, son los nuestros-. De momento parece que los resultados son esperanzadores. Pero de la condescendencia a la debilidad hay solo un paso, y muy corto. Los servicios secretos de cualquier país son precisamente eso, secretos. En otro caso, lo más coherente sería disolverlos. Y son secretos porque así lo requiere su labor. Darle luz y taquígrafos a las operaciones antiterroristas de épocas anteriores, por muchos fallos que hayan podido cometerse, sería un error que Estados Unidos pagaría muy caro. Distensión sí, y transparencia también. Pero también seguridad. Y la seguridad requiere de discreción para poder funcionar. En cualquier país del mundo.

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