Opinión

¿Pero Barroso habla napolitano?

Andrea Donofrio | Domingo 20 de septiembre de 2009
Antes de que el Parlamento Europeo ratificase la reelección de José Manuel Durão Barroso como presidente de la Comisión Europea, el euro parlamentario italiano Enzo Rivellini decidió que parte de su intervención fuera en dialecto napolitano, argumentando que “el napolitano es una lengua con una gramática y una literatura”. Según Rivellini, la decisión, que ha provocado el desconcierto de los traductores incapaces de entenderle, ha sido motivada por el deseo del diputado de que Nápoles y el Mezzogiorno despierten interés político y mediático dentro de la Unión Europea. Y también porque Nápoles representa una excepción en el panorama europeo y mundial.

En efecto, Nápoles es una ciudad “única”, llena de contradicciones, definida por Petrarca como envidiable “augusta reggia della cultura” mientras Stendhal recordaba “Naples et Paris, seules grandes capitales”: se le considera la cuna de una cultura antigua y arcana, se le define como “una de las reservas espirituales de la humanidad” o como “una realidad totalmente impermeable a las transformaciones humanas que trae el progreso”; pero al mismo tiempo es tierra de Camorra, de dificultad, de personas que se enfrentan a su destino, a una cotidianeidad problemática y a un futuro incierto. Fue dominada o, mejor dicho, se dejó dominar por diferentes culturas y señores: griegos, romanos, árabes, españoles, franceses y norteamericanos intentaron “conquistarla” sin éxito, mientras sus habitantes les engañaban y aprendían lo que les interesaba, continuando con sus hábitos y desarrollando su picardía. Desde allí, sus habitantes mezclan una sabiduría popular milenaria con una innata capacidad de sobrevivir (arrangiarsi, el arte de apañarse) dentro de un contexto difícil, viviendo con sentido del humor la crudeza de la realidad que los rodea. Por eso, es una ciudad con una profunda humanidad, donde las tragedias vividas parecen haber generado en su gente una forma de vida solidaria, una especie de unión frente a un destino adverso e invariable. Se dice que la gente se toma la vida “con filosofía” o con resignación: se aceptan los eventos de forma natural, aspirando sólo a la “supervivencia”, contentándose con lo poco que se posee, casi sin rebelarse.

Pero Nápoles se presenta ante los ojos de cualquier espectador como un “teatro ambulante” (“Nápoles es un set cinematográfico a cielo abierto” dijo Carlo Ponti, productor de cine y marido de la maravillosa Sofía Loren), un parque temático constante, donde sobreviven antiguas costumbres como la de dejar un café pagado (“el pagado”) de más en un bar para que algún desconocido que no tenga dinero pueda disfrutarlo. La ciudad tiene su olor, de pizza, de café, de mar, aunque a veces se respira sobre todo inseguridad. Pero hoy en día es sólo noticia por asuntos de crónica negra (ajuste de cuentas entre camorristas, emergencia basura, tasa de desempleo más alta, la degradación urbana) o por noticias curiosas como el anuncio de la Camorra de “cesar sus actividades” por la llegada en la ciudad de Julia Roberts. Si, la Camorra pidió que durante el rodaje de la película no se registrasen incidentes (sólo el contrabando de cigarrillos siguió activo- de algo hay que vivir). La noticia genera perplejidad e hilaridad, mientras nadie subraya que la Roberts, protagonista de la película, visita Nápoles, donde empieza a reencontrar el sentido de su vida, descubriendo en sus calles una humanidad y un sentido de la realidad diferente. La elección de Nápoles como punto de partida de un intenso viaje psicológico no fue casual.

El gesto de Rivellini puede parecer folclórico e inclusive ridículo (sobre todo considerando la pinta del señor), aunque está causado por buenas intenciones: Nápoles y el sur de Italia llevan décadas abandonadas, donde el Estado ha abdicado y la UE es una sigla desconocida. Sus territorios están en mano de la camorra, que, como un tumor, cada día le devora la vida y le despierta una violencia latente, quitándole expectativas sobre el futuro. Muchas veces cuando pienso en Nápoles, recuerdo una frase que me dijeron recién llegado a España sobre las mujeres “mal con ellas, peor sin ellas” (se me perdone el “machismo berlusconiano”). Bueno, es difícil vivir en Nápoles, pero es imposible vivir lejos de ella.
Ps. Gracias San Gennaro por el milagro de la licuefacción (19 de septiembre, aniversario de su muerte): esperamos que este sea un buen año…

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