Concha D’Olhaberriague | Martes 29 de septiembre de 2009
Por el Teatro María Guerrero de Madrid acaba de pasar la Actor’s Gang de Tim Robbins con su extraordinario montaje de 1984, basado en la eficaz novela homónima de George Orwell publicada en 1949, un año antes de su muerte. Pocas veces tiene el espectador el privilegio de asistir a una función en la que texto, actores y director se engranen sin fisuras y atrapen su interés con la palabra y la acción inteligentes. En esta obra, como recomendaba Platón para su República, cada uno hacía lo suyo y con oficio; no en vano se trata de una compañía con casi treinta años de vida.
La novela de Orwell, bien construida, turbadora y de lectura inexcusable para conocer la literatura del pasado siglo no es, creo yo, una obra maestra. No debe de ser fácil, sin embargo, llevarla a un escenario. El adaptador se centra en la atmósfera asfixiante y tenebrosa y en los componentes esenciales que la sustentan: la abolición del pensamiento y la lengua que lo engendra.
En escena está Winston, la única persona del nuevo mundo que se resiste con vigor y, hasta entonces, con éxito, aferrándose a su amor a Julia. Ya detenido, es interrogado brutalmente por cuatro hombres y una mujer controlados por el Gran Hermano, a quien vemos y oímos a través del ojo de la pantalla, ese instrumento tan familiar ,hoy, que casi no reparamos en él.
Confundiendo a Orwell con Nostradamus, ha dicho un crítico teatral que 1984 tiene escaso valor anticipatorio. Y es que una interpretación política desvirtúa y achata el sentido de la ficción; hay mucho más. El escritor y periodista inglés, cuya atribulada vida fue, con probabilidad, el germen primero de su creación, la termina, igual que con acierto hace Robbins, con el alegato sobre la Newspeak o Neolengua, logro supremo de la ingeniería manipuladora del Big Brother. En el mundo totalitario de la novela y la pieza teatral se implanta una jerga, previa aniquilación amnésica de la “paleolengua”. Consumada la empresa, será imposible traducir la Declaración de Independencia, se nos dice.
Violentar la lengua es algo que nos resulta tediosamente cotidiano. Sobre ella ya no tiene imperio el pueblo, como dice Cervantes, sino unos grupúsculos que desde arriba se empecinan, incluso, en contravenir su forma interna forzando una simetría impropia. Qué decir de eufemismos tales como “ajustes fiscales” o “esfuerzo fiscal”,por subida de impuesto, “overbooking”, en lugar de incumplimiento de contrato, ACNÉ (alumno con necesidades especiales), AMPA (asociación de madres y padres), y, en fin, el más orwelliano de todos, un ministerio de nuevo cuño cuyo nombre es fácil de adivinar. La jerigonza pedagógica es un filón; a veces, se dan chuscas homofonías como las mencionadas de acné y ampa. Cada uno puede hacer un recuento en el ámbito que mejor conozca.
El problema comienza cuando ya no nos percatamos de la suplantación. La lengua, frente a lo que creen erróneamente las autoridades educativas, no es instrumental sino fundamental. Destrozarla, sugiere George Orwell, es menoscabar, en lo hondo, la condición humana .
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