Opinión

Democracia y precompromiso

Enrique Aguilar | Miércoles 30 de septiembre de 2009
Desde una perspectiva radicalmente democrática, el pueblo, como titular de la soberanía, no debería verse atado de manos por decisiones procedentes de generaciones anteriores. Dicho de otra forma, lo que en la jerga de la teoría política se denomina precompromiso resultaría incompatible con una democracia entendida en sentido puro.

Salvando las distancias, autores tales como Rousseau, Thomas Jefferson, Emmanuel Sieyès o Thomas Paine, entre otros, argumentaron en contra de toda suerte de precompromiso que impidiese al pueblo revisar o aun derogar a voluntad normas heredadas. “No hay ni puede haber (sostuvo el ginebrino) ninguna especie de ley fundamental obligatoria para el cuerpo político, ni siquiera el contrato social”. Si bien con el correr del tiempo Sieyès moderaría su pensamiento, en vísperas de la Revolución francesa llegó a escribir que siendo la nación “independiente de toda forma” y “el origen y dueño de todo derecho positivo”, no puede, por ende, “ni alienarse, ni prohibirse el derecho de querer algo”. Paine, por su parte, llegaría a escribir que cada generación “es y tiene que ser competente para todos los fines que la ocasión pueda presentarle”. Y Jefferson no había dudado en afirmar que “por la ley de la naturaleza, una generación es a otra como una nación independiente a otra”.

Sin embargo, esta manera de concebir la democracia no puede sino llevar a un estado de incertidumbre perpetua. En efecto, ¿qué apuesta a largo plazo cabe hacer en una sociedad que puede verse reiteradamente sometida a un cambio en las reglas de juego? ¿Cómo preservar en ella el equilibro constitucional y garantizar una mínima estabilidad a su existencia? La respuesta de Madison a Jefferson, en una famosa carta del 4 de febrero de 1790 y anticipada de algún modo en el artículo 49 de El Federalista, apelaba a la necesidad de evitar que los gobiernos estuviesen “demasiado sujetos a la casualidad” y a los avatares propios de los interregnos, respuesta que Stephen Holmes, en su trabajo “El precompromiso y las paradojas de la democracias”, interpretó en los siguientes términos:

“... Si podemos dar por sentados ciertos procedimientos e instituciones establecidos en el pasado, podremos alcanzar nuestros actuales objetivos mejor de lo que podríamos lograrlo si estuviésemos siendo constantemente distraídos por la necesidad recurrente de establecer un marco básico para la vida política.”. Por lo demás, continuaba Holmes, el rechazo al pasado puede ser considerado como una espada de dos filos. En efecto, si las generaciones venideras pueden tratar “con soberano desprecio” las decisiones que tomamos pensando precisamente en ellas, ¿por qué habríamos de tomarlas? ¿Es congruente actuar responsablemente con vistas al futuro rechazando al mismo tiempo la responsabilidad que los antepasados asumieron para con nosotros?

Me parece importante reflexionar sobre estas palabras. Las grandes democracias no se construyen de la noche a la mañana. Para ello se requiere continuidad en ciertas líneas y políticas de Estado que no deberían alterarse con los sucesivos cambios de gobierno. Lamentablemente, no es lo que sucede en algunos países donde siempre se tiende a partir de un punto cero porque no se sabe construir sobre lo hecho o bien porque todo lo hecho es puesto bajo sospecha al amparo de una vocación fundacional de consecuencias perjudiciales.

Pero a veces lo rígido puede redundar en flexibilidades. Es lo que ocurre, dice Holmes, con las reglas lingüísticas, sin las cuales ni siquiera podríamos pensar, pero también con las constituciones. En otros términos, si los muertos no deben gobernar a los vivos, ellos “sí pueden facilitar que los vivos se gobiernen a sí mismos”.

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