Opinión

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

José Varela Ortega | Lunes 25 de febrero de 2008
Hace pocos días, Mª San Gil, nuestra Marianita Pineda del País Vasco -el único lugar de Europa Occidental donde sólo hay votaciones, que no elecciones, porque carece de condiciones de libertad para elegir- ha sufrido agresiones y coacciones para impedirle hablar. La violencia, una más en el penoso y copioso certificado penal del nacionalismo totalitario, no iría más allá de la denuncia judicial y -digo yo- de la apertura de un expediente universitario de expulsión, si no fuera por el lugar donde se perpetró el delito. Porque no deja de ser una mueca paradójica del destino que la libertad de expresión haya sido conculcada en la Universidad de Santiago, precisamente el centro donde arrancó el debate sobre -y la lucha por- la libertad de cátedra en la España contemporánea. Entre los que nos dedicamos a esto del pretérito imperfecto, la historia es conocida -y algunas páginas escribí yo mismo hace años sobre el complejo trasfondo político del enredo. D. Julio Caro publicó un desternillante -pero cumplido e informado- artículo titulado, "El miedo al mono". Y todo porque el chispazo que encendió la llamada "Cuestión Universitaria" tenía como pretexto las lecciones que, en el Santiago de 1875, venía impartiendo un conocido e ilustrado biólogo santanderino, D. Augusto González de Linares, cuyo entusiasmo por el evolucionismo darviniano tenía a la universidad enardecida -y a la ciudad dividida- entre partidarios entusiastas y enemigos acérrimos de los simios. La polémica se agrió ante la autoritaria intervención del titular de Fomento, D. Manuel Orovio, un probo abogado riojano y miembro destacado de la facción anti-canovista del partido moderado, el cual, haciendo honor a su devota condición como titular de la Orden de Pío Nono, tenía, al parecer, ideas contundentes en contra de su ascendencia pitecantropoide, amén de deseos mal disimulados de dinamitar la política de Cánovas -a la sazón Presidente del Consejo- orientada a lograr un pacto de Estado con los progresistas. La confrontación se hizo inevitable. Hubo varios profesores conocidos deportados y, otros, dimitidos en solidaridad con los perseguidos. Cánovas, aunque indignado ante aquella barbaridad, hubo de tragarse la desagradable píldora que, en realidad, tiraba por elevación contra su política de pacto con la izquierda. Sin embargo, aquella fue la última llamarada jacobina del viejo partido moderado porque Cánovas fulminó a Orovio, sustituyéndole en la cartera por un representante de las facciones progresistas que se apresuró a derogar las medidas contrarias a la libertad de cátedra. Por su parte, los profesores encartados tampoco perdieron el tiempo. Meses después nacía la Institución Libre de Enseñanza, un centro privado que resultó modelo en su época, aglutinante de la intelectualidad liberal y germen del futuro progreso pedagógico español, muy en relación, por cierto, con quienes, también andando el tiempo, nutrirían los cuadros intelectuales del Partido Socialista.

Puedo entender que a los "encuesteros" del señor Zapatero una y otra historia les traiga al fresco. Al fin, son gentes que prestan escasa atención a la letra impresa, fuera del guarismo de unos sondeos que certifican un matrimonio morganático con los nacionalistas del que existen dudas razonables haya servido para integrar a los insaciables en lugar de radicalizarlos. Pero me cuesta más comprender como socialistas gallegos, con otra cabeza y otras lecturas, no hayan reparado en el enojoso precedente -aunque D. Manuel Orovio, con todo su fanatismo, fuera un reaccionario infinitamente más soportable que los representantes del totalitarismo nacionalista que han protagonizado los violentos incidentes de nuestros días. He sido catedrático en la Universidad de Santiago y, mucho antes y mucho mejor que yo, lo fueron profesores de mi familia, alguno de los cuales estuvieron envueltos precisamente en la "Cuestión Universitaria" -cayendo del lado de la libertad, naturalmente. Desde esa condición y recuerdo, la postura oficial del partido socialista en el parlamento gallego, votando con los nacionalistas la mordaza de la Cámara, me produce el sonrojo de la vergüenza que a uno le es propia. En el parlamento gallego, señores, no se parla, porque el dedo de los nacionalistas -diríamos con ayuda de nuestro clásico- amenaza silencio o miedo. Y los socialistas callan.

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